10 películas de vampiros para Halloween: Cómo el cine ha cambiado al monstruo

¡Hola, hermanas del Círculo!

En la entrada anterior nos metimos entre las páginas de ocho historias de vampiros para tratar de responder a por qué llevamos casi dos siglos inventando nuevas formas de temerlos.

Decía que el vampiro nunca ha sido solamente un monstruo: Ha sido deseo, sexo, muerte, enfermedad, aristocracia, soledad, poder, exclusión, inmortalidad y violencia. Cada época ha encontrado una forma diferente de utilizar sus colmillos para hablar de aquello que le preocupaba o aquello que temía.

Después, el cine convirtió al vampiro en una criatura sensual. Lo hizo romántico, atormentado, divertido, deprimido, feminista, grotesco y hasta musical.

Por eso, para este especial de Halloween, no quería hacer una lista de «las mejores películas de vampiros». Quería recorrer algunas de las transformaciones más interesantes o curiosas del género.

Drácula (1958), de Terence Fisher

En 1958, Terence Fisher hizo algo que supuso un cambio importante en la representación cinematográfica del vampiro en esa época: convirtió a Drácula en una criatura abiertamente sexual.

Christopher Lee interpreta a un conde elegante, aristocrático y peligrosamente atractivo. La Hammer convirtió el deseo en una parte muy evidente del relato. La sangre, los decorados, la mirada de Lee y la sensualidad de las escenas construyen un vampiro que ya no es solamente una amenaza sobrenatural. También es una criatura que atrae. No queremos solamente huir de él. Una parte de nosotras se pregunta qué pasaría si nos dejáramos morder.

Jóvenes ocultos (1987), de Joel Schumacher

Los vampiros de Joel Schumacher tienen cazadoras de cuero, motos, cuerpos jóvenes, música y una estética diseñada para resultar irresistible. Ahora el vampiro es alguien a quien podrías querer parecerte.

Hay una transformación enorme en ese paso. La figura del vampiro abandona el tradicional ataúd y se mezcla con la cultura juvenil, la sexualidad y el deseo de pertenecer.

La inmortalidad se empieza a parecer a una fiesta eterna. Y quizá por eso esta película resulta tan representativa de los años ochenta: convierte al vampiro en una fantasía de juventud, libertad y transgresión. Aunque, por supuesto, debajo de todo ese atractivo sigue existiendo la misma amenaza. 

Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola

Y entonces llega Coppola y vuelve a hacer algo inesperado con el personaje.  Si en la novela de Bram Stoker, Drácula era una amenaza sobrenatural, Francis Ford Coppola decide convertirlo en un amante trágico.

La película introduce una modificación esencial respecto de la novela: Mina Harker pasa a ser la reencarnación de la mujer que Drácula perdió, y la historia se convierte en una gran tragedia romántica. Así, Coppola recupera la idea del amor perdido y convierte al conde en una figura mucho más cercana al amante condenado que al simple depredador.

Todo en la película está diseñado para convertir el vampirismo en espectáculo: el vestuario, los decorados, el color, la música, la iluminación, la teatralidad, la peluquería... ¡Ay, la peluquería!

De repente, el vampiro ya no representa solamente el miedo a aquello que invade nuestra vida. También representa la tragedia de un amor que desafía al tiempo y a la muerte. Es una interpretación mucho más romántica.

Déjame entrar (2008), de Tomas Alfredson

Después de tanta sensualidad, tanta aristocracia y tanta juventud convertida en espectáculo, Déjame entrar convierte al vampiro en una criatura infantil, lo cual cambia completamente nuestra relación con él. Con ella, en este caso.

Oskar es un niño acosado y aislado. Eli aparece en su vida y entre ambos surge una relación afectiva difícil de clasificar. La película no nos ofrece una división sencilla entre víctima y monstruo porque aquí ambas cosas pueden coexistir.

Eli es peligrosa, pero también está sola. Oskar necesita protección, pero también necesita a alguien que le comprenda. Ternura y violencia aparecen juntas.

No necesitamos sentir simpatía por la vampira para comprenderla, y tampoco necesitamos justificarla para reconocer que la relación que establece con Oskar tiene algo de refugio para ambos.

El vampiro deja de representar solamente al extraño que viene de fuera, y se convierte en el reflejo de quienes sienten que no encajan en ninguna parte.

Noche de miedo (2011), de Craig Gillespie

En Noche de miedo, el viejo monstruo gótico se muda al suburbio estadounidense y se convierte en un vecino aparentemente normal. Charley descubre que Jerry, el hombre que acaba de instalarse al lado, es un vampiro. El problema es que nadie parece dispuesto a creerle.

Eso permite actualizar al vampiro clásico: Aquí el monstruo funciona muy bien cuando se encuentra donde no debería estar. Ya no estamos ante una amenaza lejana y misteriosa... Está a pocos metros de casa.

Pero la película hace algo más: introduce al vampiro en la cultura popular y en una sociedad que ya conoce perfectamente sus códigos: Los colmillos, la estaca, el miedo a la luz, los ajos, el cazador de vampiros... todo forma parte de un imaginario que los personajes conocen. Esto permite que el terror conviva con el humor, el entretenimiento y la autoconsciencia.

Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch

Después de pasar décadas intentando hacer que el vampiro fuera cada vez más seductor, aterrador o humano, Jim Jarmusch hace una propuesta maravillosa: Los vampiros simplemente están cansados.

Eve y Adam llevan siglos vivos. Han visto desaparecer civilizaciones enteras. Han conocido a artistas, científicos y escritoras. Han acumulado libros, discos, instrumentos y objetos de otras épocas. Y ahora están agotados.

Adam vive en Detroit rodeado de música. Está deprimido, obsesionado y desencantado con el mundo. Los humanos han dejado de ser personas fascinantes para convertirse, en buena medida, en seres previsibles.

La película desmonta así otra de las grandes convenciones del género: El vampiro ya no es una criatura que quiere vivir eternamente, porque ya lleva demasiado tiempo haciéndolo. La inmortalidad vuelve a convertirse en condena, pero de una forma diferente a la de Anne Rice. No es solamente el dolor por perder a quienes amas, es el agotamiento de haberlo visto todo.

Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), de Ana Lily Amirpour

Una chica vuelve a casa sola de noche presenta a una vampira que recorre las calles de Bad City, una ciudad iraní ficticia filmada en un hipnótico blanco y negro.

Pero su gran ruptura es que la mujer que normalmente ocuparía el lugar de víctima se convierte aquí en depredadora. La Chica no es una víctima pasiva esperando que alguien la rescate, sino que persigue a hombres que ejercen violencia y se convierte en una presencia inquietante que controla el espacio nocturno.

El film juega con los códigos del western y del cine vampírico y convierte a su protagonista en una figura de poder, misteriosa, violenta y al mismo tiempo vulnerable. El chador, el monopatín, las calles vacías, las sombras y el blanco y negro convierten a la vampira en una imagen completamente distinta a la que solemos asociar con el género. 

Renfield (2023), de Chris McKay

Renfield convierte la relación entre Drácula y su sirviente en una comedia negra sobre dependencia, manipulación y abuso. Y esto me parece muy interesante porque el vampiro deja de ser únicamente el protagonista del relato para convertirse en el jefe tóxico definitivo.

Renfield lleva siglos sirviendo a Drácula y empieza a plantearse que quizá no quiere seguir haciéndolo. Lo que tradicionalmente habría sido una relación entre monstruo y subordinado se transforma así en una historia sobre alguien que intenta recuperar el control de su propia vida.

Es una forma muy contemporánea de utilizar un personaje centenario: El vampiro ya no necesita representar solo la muerte o el deseo. También puede representar a la persona que domina tu vida. Y, por supuesto, todo ello pasado por el filtro de la comedia, la sangre y el exceso.

Nosferatu (2024), de Robert Eggers

Cuando parecía que el vampiro podía convertirse absolutamente en cualquier cosa, Robert Eggers decidió volver a las raíces, pero no para repetirlas, sino para hacerlas aún más oscuras.

Su Nosferatu recupera el monstruo como criatura sobrenatural verdaderamente aterradora. La película bebe directamente del Nosferatu de Murnau, del Drácula de Stoker y de toda la tradición folclórica que precede a ambos, pero Eggers añade una dimensión psicosexual especialmente intensa. La relación entre Orlok y Ellen está atravesada por el deseo, la fascinación y la violencia.

Después de décadas humanizando al vampiro, Eggers vuelve a recordarnos por qué necesitábamos que fuera un monstruo al que debemos sobrevivir.

Sinners (2025), de Ryan Coogler

No podría cerrar esta entrada con otra película. Porque Sinners demuestra, una vez más, que el vampiro no sobrevive conservando siempre las mismas historias, sino porque podemos utilizarlo para contar otras.

Ryan Coogler sitúa la acción en el Misisipi de 1932 y mezcla vampiros, western, gótico sureño, historia racial, folclore y blues. Los protagonistas intentan abrir un juke joint y crear un espacio propio para su comunidad. Pero la noche termina convirtiéndose en una historia de vampiros.

Aquí la música ocupa un lugar central, convirtiéndola en memoria, identidad y vínculo con los ancestros. La película imagina la música como una fuerza capaz de atravesar el tiempo y conectar a generaciones separadas. El resultado es una película de vampiros que habla de muchas otras cosas: racismo, migración, violencia, comunidad, pérdida, apropiación cultural y memoria.

Esto conecta directamente con lo que contaba en mi entrada sobre películas de gótico sureño: el sur puede convertir el horror en una forma de hablar de la historia que todavía permanece bajo la superficie. Aquí los vampiros pueden leerse también como una forma de representar sistemas que se alimentan de otras personas. Lo importante es que el vampiro deja de ser exclusivamente una criatura sobrenatural y vuelve a convertirse en una herramienta para hablar de relaciones de poder.

¿Cómo ha cambiado el vampiro en el cine?

Si miramos juntas estas películas, resulta difícil encontrar una criatura más adaptable. Eso significa que quizá la verdadera historia del cine vampírico no sea la historia de un monstruo, sino la historia de todo aquello que hemos necesitado convertir en monstruo.

El vampiro ha servido para representar el deseo que no podíamos expresar, la sexualidad que debía esconderse, al extranjero que no comprendíamos y -por tanto- temíamos, la juventud que queríamos conservar, la soledad de quien no encuentra su lugar, el cansancio de quien ha visto demasiado, el poder ejercido sobre otras o las estructuras que se alimentan de quienes no tienen poder.

El vampiro no es una respuesta, es una pregunta: ¿Qué nos da miedo ahora? Y cada vez que encontramos una respuesta, volvemos a inventar un vampiro nuevo. 

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Y la próxima semana, series de vampiros para Halloween, porque, como hemos visto, el vampiro todavía tiene mucha vida por delante.