Poder, misoginia y violencia fascista
Hola, hermanas.
Hay asesinatos que el sistema intenta explicar como “errores”, “confusión”, “exceso de tensión”. Y hay otros que, en cuanto miras las imágenes, ya no admiten coartadas cómodas.
El asesinato de Renee Nicole Good pertenece a esta segunda categoría.
Renee y su esposa estaban grabando una actuación de ICE en la calle. Hay varios vídeos: el de una persona que observa desde fuera y el del propio agente que dispara. En ellos no se ve un intento de atropello, ni una amenaza real e inmediata contra la vida de los agentes. Se ve, en cambio, otra cosa: una mujer que maniobra su coche, se asoma a la ventanilla y le dice al policía, con media sonrisa y tono calmado: “It’s fine, I’m not mad at you”. Se oye a su esposa increpar al agente, también desde la calma. Y, después, tres disparos en la cabeza. A quemarropa.
Tras disparar, el agente dice: “fucking bitch”.
Quien quiera seguir llamando a esto “miedo” tendrá que ignorar deliberadamente lo que vemos y oímos.
No disparó porque tuviera miedo. Disparó porque estaba furioso.
Hay una idea que muchas mujeres entendemos de forma casi instintiva, porque la hemos vivido demasiadas veces: hay hombres que no soportan dos cosas por encima de todas las demás. Así lo señalaba la siempre lúcida Iaya Matsumoto en Bluesky.
La primera: que no te sometas.
No agachan la cabeza ante una mujer que no se disculpa, que no se achica, que no suplica, que no muestra miedo. Una sonrisa ladeada, una calma segura, una frase que no les concede autoridad —y menos aún cuando otros hombres están mirando— es vivida como una humillación intolerable.
La segunda: que no les obedezcas.
Ni siquiera hace falta un rechazo explícito. Basta con no hacer lo que esperan, no reaccionar como desean, no reconocer su poder.
No es nuevo. No es excepcional.
Lo vemos en agresiones, en acosos, en asesinatos. Lo vemos incluso en casos donde las víctimas son menores. Mujeres castigadas por no mostrar miedo, por decir que no, por no colocarse en el lugar subordinado que se les exige.
En este caso, no hablamos de una agresión. Hablamos de una ejecución.
La misoginia no es un “detalle”: es el centro
Cuando Renee se dirige al agente lo hace desde una posición que el patriarcado detesta profundamente: tranquila, segura, en control, con una condescendencia mínima pero clara (“no estoy enfadada contigo”).
No hay nada que hiera más el orgullo masculino autoritario que una mujer que no tiembla.
Tres tiros en la cabeza.
“Fucking bitch”.
Ese insulto no es una exhalación casual. Es una clave interpretativa. Es la confirmación de que lo que se estaba castigando no era una amenaza, sino una desobediencia simbólica. Una mujer que no aceptó el papel que se le asignaba.
Aquí resuena con una claridad brutal la reflexión de Margaret Atwood:
“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten.”
No es una metáfora. Es una descripción material del mundo en el que vivimos. Fascismo misógino, con uniforme y arma.
Esto no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto de fascismo en expansión, donde la violencia estatal se legitima, se aplaude y se graba desde el propio cuerpo armado que la ejerce con total impunidad. ICE no es una institución neutral: es una herramienta de control, terror y disciplinamiento. Y cuando ese poder se cruza con la misoginia, el resultado es letal.
Lo más obsceno —y lo más previsible— es que hay quien lo justifica.
Dirán que “algo habrá hecho”.
Dirán que no fue suficientemente amable.
Dirán que provocó.
Dirán que no debería haber hablado así.
Dirán que debería haber mostrado más respeto.
Exigir amabilidad a las personas oprimidas frente a quienes las reprimen no es civismo: es vasallaje.
Negar el derecho al enfado, a la firmeza o incluso a la ironía es una forma de exigir sumisión.
Y eso es exactamente lo que este tipo de hombres cree que merece.
No es personal: es estructural (pero duele igual)
Señala Bukuku que quien haya tratado con señoros™ lo sabe: nada les enfurece más que verte a tu rollo, sin miedo, sin pedir permiso. La calma femenina frente a la autoridad masculina es leída como una afrenta. Cuando ese hombre va armado —o forma parte de una institución violenta— el riesgo se multiplica.
Esto no significa responsabilizar a Renee.
Significa señalar al sistema que convierte esa reacción masculina en algo posible, justificable y, a veces, incluso celebrado.
Renee no fue asesinada porque Jonathan Ross temiera por su vida.
Jonathan Ross la mató porque él sintió que perdía poder.
Jonathan Ross la mató porque no se sintió obedecido.
Jonathan Ross la mató porque ella no fue subyugada.
Y eso, para el fascismo misógino, es imperdonable.
Escribir sobre esto no es recrearse en el horror. Es negarles el relato cómodo. Es llamar a las cosas por su nombre. Porque si no lo hacemos, el sistema lo hará por nosotras. Y lo hará, como siempre, culpando a la mujer asesinada.
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