El verdadero terror es ser mujer: Cine de horror y violencia patriarcal

¡Hola, hermanas del Círculo!

Hay algo que se repite con demasiada insistencia como para ser casual: muchas de las películas que mejor retratan la experiencia de ser mujer no lo hacen desde el drama amable o respetable, ni desde la pedagogía, ni desde el relato edificante o de superación. Lo hacen desde el terror.

Desde el cuerpo que sangra, se quiebra, se rompe o se descompone. Desde la rabia que no puede explicarse con palabras suaves. Desde el miedo constante a no estar a la altura, a no encajar, a fallar.

La sustancia, Suspiria, Hard Candy, Jennifer’s Body, Pearl, Midsommar, Black Swan, Men, The Babadook… son diagnósticos brutales; películas muy distintas entre sí, pero atravesadas por una misma verdad incómoda: el verdadero horror no es el monstruo, sino el sistema que lo fabrica, lo legitima y lo perpetúa.

Ese sistema tiene nombre.
Y no es abstracto.
Se llama patriarcado.

Cuando el terror es la única forma de decir la verdad

El cine de terror siempre ha servido para hablar de los miedos colectivos. De aquello que una sociedad no sabe o no quiere nombrar de otra manera.

Si eso es así, la pregunta no es por qué tantas mujeres recurren al horror, sino:
¿qué puede dar más miedo que ser mujer en un mundo que te vigila, te evalúa, te exige, te maltrata y te castiga constantemente?

No ser joven.
No ser bella.
No ser deseable.
No ser madre… o serlo “mal”.
No aguantar.
No callar.

El terror condensa la experiencia vital de las mujeres. Utiliza la sangre, la locura, la deformación del cuerpo y el exceso porque la violencia que atraviesa a las mujeres es estructural, corporal y persistente. Lo que ocurre es que estamos tan acostumbradas a ella que solo cuando se nos devuelve en forma grotesca resulta insoportable. Es demasiado reconocible.

“¿Por qué tanta violencia?”

Cada vez que una película de terror dirigida por una mujer —o centrada en la experiencia de las mujeres— aparece, surge la misma cantinela:
¿por qué tanta sangre?
¿por qué tanto sufrimiento?
¿por qué todo es tan extremo?

Curiosamente, esas preguntas no son tan frecuentes cuando el horror es masculino. Entonces la violencia se vuelve “estética”, “profunda”, “simbólica”, "catártica", elevada a la categoría de arte. Ahí la audienia puede sentirse a salvo, porque el dolor no te interpela.

Pero es que el problema nunca ha sido la violencia. El problema es a quién apunta esa violencia.

Estas películas no permiten la distancia cómoda del “esto no va conmigo”. Devuelven una imagen conocida: el cuerpo de las mujeres como territorio de conquista, como proyecto inacabado, como algo que siempre debe corregirse, optimizarse o sacrificarse. Y eso incomoda. Mucho.

El cuerpo como cárcel: perfección, juventud y desintegración

Black Swan, Pearl o La sustancia hablan del mismo mandato desde lenguajes distintos: no basta con ser buena. Hay que ser impecable. Joven. Deseable. Controlada. Sustituible.

El cuerpo de las mujeres se convierte en un espacio de hipervigilancia constante. Y cuando el cuerpo falla, cuando envejece, engorda, se cansa o simplemente dice basta, la narrativa dominante lo llama locura. Pero no es locura, es violencia interiorizada. Veamos:

En Black Swan, Nina no se vuelve loca porque sí. Se desintegra porque su cuerpo está sometido a una vigilancia absoluta: cada gesto, cada gramo de carne, cada error es observado, corregido, castigado. No hay descanso. No hay permiso para ser mediocre. Solo perfección o desaparición.

En Pearl, el deseo femenino (sexual, vital, creativo) es encerrado, vigilado y reprimido hasta que solo puede salir convertido en monstruo. Pearl es el resultado lógico de un sistema que niega la adultez, el deseo y la autonomía de las mujeres, y luego las llama locas cuando estallan.

En La sustancia, el mensaje es todavía más explícito: si envejeces, sobras, dejas de ser útil al sistema. Si tu cuerpo deja de cumplir su función estética, será sustituido. La violencia no es simbólica: es la industria cultural, la mirada masculina, el mandato de juventud convertidos en carne desgarrada.

Estas películas no retratan colapsos individuales, sino sistemas que empujan hasta la ruptura y luego se lavan las manos. 

Cuando el monstruo tiene rostro de hombre

En Hard Candy, Jennifer’s Body o Men, el terror deja de ser metafórico. Los hombres no son símbolos: son la amenaza. No como anomalías monstruosas, sino como productos perfectamente funcionales de un sistema que los protege, los excusa y los normaliza.

Hard Candy incomoda porque no permite el autoengaño. No hay criatura sobrenatural. Hay un hombre adulto con poder, con deseo de control y con impunidad. Y hay una chica que decide no ser la víctima complaciente.

Jennifer’s Body fue despreciada durante años porque señalaba algo que no gustaba escuchar: que la sexualización de las adolescentes no es accidental, que los hombres consumen, y que el castigo siempre cae sobre el cuerpo de las mujeres.

Men lleva esto al extremo: el mismo rostro masculino repitiéndose una y otra vez, recordándonos que no hablamos de individuos aislados, sino de un patrón. De una cultura que protege a los agresores y cuestiona a las mujeres que se atreven a nombrar el daño.

Por eso estas películas molestan e incomodan tanto: porque no permiten pensar “yo no soy así”. No permiten pensar que el problema son “unos pocos” y señalan dinámicas cotidianas, miradas, silencios, complicidades.

Maternidades, cuidados y castigo emocional

The Babadook y Midsommar abordan uno de los grandes tabúes: el agotamiento emocional de las mujeres.

The Babadook hace algo radical. Nos muestra a una madre sola, agotada, sin red, sin espacio para fallar, atrapada en una maternidad que no se parece en nada al ideal que nos venden.  En esta película el monstruo aparece para quedarse, no para ser destruido, porque no es un enemigo externo. Es la rabia, la frustración, el agotamiento. 

La película se atreve a decir algo imperdonable para el imaginario patriarcal: que la maternidad puede ser asfixiante, que no todo es ternura, que amar no elimina el horror. La película se atreve a decir lo indecible: que una madre puede amar profundamente a su hijo y, al mismo tiempo, sentirse asfixiada por él. Que la maternidad no siempre es luz. Que también puede ser terror. Y eso, en una cultura que idealiza a las madres y castiga cualquier fisura, es profundamente subversivo. Y eso da miedo porque rompe el mito.

Midsommar lleva esto a otro nivel. Dani es una mujer devastada por el duelo, emocionalmente abandonada por su pareja, constantemente invalidada. Su dolor molesta. Su tristeza estorba.  

La comunidad la ve, la escucha, la sostiene, la sana de sus traumas personales. Dani debe encontrarse a sí misma y liberarse del equipaje que la encadena (el patriarcado personificado en su pareja Christian). Dani acepta el dolor y la angustia que ha negado durante mucho tiempo. "Quemar" el patriarcado para ser libres y convertirnos en la reinas de nuestra propia vida.

Películas demasiado reales

El terror hecho por o sobre mujeres no está aquí para explicar nada. Las mujeres llevamos siglos explicándonos, traduciéndonos, suavizándonos para resultar aceptables. Ya estamos hartas de hacer pedagogía; queremos ruptura.

Estas películas no son un puro entremetimiento, sino que buscan devolver la violencia a quien no quiere verla. No quieren gustar. No quieren ser pedagógicas. No quieren ser digeribles.

La sangre no es exceso.
La locura no es histeria.
El horror no es exageración.

Dichos elementos no están presentes en este cine para impresionar, sino más bien para incomodar, para que no puedan mirar hacia otro lado. 

El verdadero monstruo

El problema no es que estas películas sean extremas, sino que reconocerse en ellas da miedo. El verdadero terror es reconocer que muchas de estas historias no son distopías. Son versiones concentradas de la experiencia cotidiana de ser observadas, cosificadas, evaluadas, corregidas, sexualizadas, culpabilizadas, violentadas, descartadas.

Da miedo aceptar que el sistema que llamamos normal produce cuerpos rotos, culpas imposibles y silencios. Da miedo entender que el patriarcado no necesita monstruos imaginarios: funciona perfectamente con hombres corrientes, con instituciones respetables y con espectadores que prefieren no verse reflejados. El patriarcado no necesita monstruos, se basta con silencio, costumbre y complicidad.

Y quizá por eso el terror hecho por y sobre mujeres molesta tanto. Porque no tranquiliza ni absuelve; no ofrece consuelo ni finales reparadores. Señala con el dedo.

Y porque, cuando termina la película, el miedo no desaparece.
Se queda.
Porque es la realidad.

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