La erotización de la infancia: por qué la pedofilia no es una anomalía del sistema

¡Hola, hermanas del Círculo!

Recientemente han vuelto a publicarse nuevos documentos del "caso Epstein". Más nombres, más conexiones, más hombres ricos, famosos y poderosos implicados en redes de abuso y tráfico de menores. Donald Trump. Elon Musk. Andrew Mountbatten-Windsor. Bill Clinton. Los de siempre. Los intocables.

Al mismo tiempo, el fundador de Telegram ha decidido enviar un mensaje alarmista a las usuarias del Estado español advirtiéndonos de que “el gobierno quiere quitarnos libertades”. ¿El motivo? Proteger a menores en redes sociales y responsabilizar a las plataformas de no retirar contenido ilegal, incluido el pedófilo.

La ironía es obscena: Pavel Durov está acusado en Francia de múltiples delitos, entre ellos abuso sexual de menores. Y Elon Musk, tan preocupado ahora por la libertad, permitió conscientemente que su IA desnudase mujeres y niñas para aumentar el volumen de usuarios. El negocio primero. Las criaturas y las mujeres después.

Nada de esto es casual. Nada de esto surge de la nada.

No son monstruos. Son el sistema

Desde el 1 de diciembre hasta hoy he compartido en Bluesky diez noticias distintas sobre abusos a menores que involucran a decenas de miles de hombres. Decenas de miles. Hombres. Ninguna buscada activamente: simplemente leídas en el periódico.

Esto es importante: no estamos ante casos aislados ni excepcionales. Estamos ante un patrón.

Y mientras se insiste en presentarlos como “monstruos”, “manzanas podridas” o “desviados”, se evita mirar lo realmente incómodo: que sus deseos no nacen fuera del sistema, sino dentro de él y/o como consecuencia de éste.

La cultura que erotiza la infancia

El patriarcado ha construido una cultura que erotiza sistemáticamente la infancia. No de forma explícita siempre, pero sí constante, normalizada y rentable.

La clave no es que estos hombres “quieran niñas”. La clave es que desean cuerpos sin poder: pequeños, dóciles, sin autoridad, sin agencia, sin capacidad de confrontar.

Y esa lógica atraviesa de lleno los estándares de belleza femenina.

Estándares de belleza: la infancia como ideal erótico

Nada de esto es inocente:

1. El mito de la juventud eterna
Cremas antiedad, colágeno, retinol, bótox, filtros. Una obsesión enfermiza por borrar cualquier huella del tiempo. El ideal es un cuerpo sin arrugas, sin marcas, sin historia. Un cuerpo que no envejece. Un cuerpo infantilizado. 
Capitalismo puro: crear un problema imposible de resolver y vender la solución.

2. La guerra contra el vello corporal
Ni axilas, ni piernas, ni vulva, ni cara. Cero pelo. Incluso los anuncios de depilación muestran cuerpos ya depilados. Se nos vende como higiene, pero es mentira, de hecho, sabemos que es perjudicial para nuestra salud. La única etapa de la vida humana sin vello corporal es la infancia.

3. La delgadez extrema
Cuerpos pequeños, que no ocupan espacio, que no pesan. Cuerpos frágiles, preadolescentes. La gordura es leída como exceso, como descontrol, como adultez. 

4. La fascinación por la virginidad
El regreso del discurso del “body count”, de las mujeres “usadas”, de la pureza como valor. No solo es control: es la excitación de penetrar un cuerpo “nuevo”, de dejar marca, de dominar lo que aún no ha sido tocado.

5. El lenguaje nos delata
Nena. Niña. Baby. Chiqui. No son diminutivos cariñosos inocentes: son la huella lingüística de una infantilización erótica profundamente normalizada.

El patriarcado ha construido la infancia como un territorio de sumisión: cuerpos obedientes, maleables, sin criterio propio. Y ha hecho algo aún más perverso: ha arrastrado ese imaginario al ideal femenino adulto.

Por eso esto no es una anomalía del sistema. Es su consecuencia lógicaPor eso Epstein y sus amigos pedófilos no son una excepción. Por eso Telegram y X priorizan usuarios antes que protección. Por eso siempre son hombres con poder.

Nada de esto sería posible sin un sistema que convierte todo en mercancía. También los cuerpos. También el daño. Las plataformas saben lo que alojan. Saben quién consume. Saben quién paga. Y deciden mirar a otro lado porque es rentable. 

Luego nos hablan de libertad.

Esto no se soluciona con parches

No bastan filtros parentales. No basta con castigar a los tecnócratas, ni a los pederastas. No basta con decir que son enfermos.

Esto exige mirar de frente una cultura que erotiza la infancia, infantiliza a las mujeres y protege a los hombres poderosos. Porque mientras no desmontemos eso, los nombres cambiarán, pero el patrón seguirá intacto.

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Gran parte del contenido de esta entrada ha sido compartido y trabajado en redes sociales por Matilde Orlando (@filoparchar), doctora en Filosofía, a quien debo citar como fuente.

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