La mentira de la slow life: El descanso convertido en privilegio

¡Hola, hermanas del Círculo!

En los últimos años, la slow life se ha convertido en una aspiración casi universal. Vivir despacio, cuidarse, escuchar el cuerpo, reconectar con lo esencial. En abstracto, nada de esto es problemático. Al contrario: es una respuesta comprensible al agotamiento crónico que atraviesa nuestras vidas.

El problema aparece cuando esa slow life que se nos vende desde redes sociales deja de ser una propuesta colectiva, y se convierte en pura estética. Y, sobre todo, cuando se presenta como algo alcanzable para cualquiera, ocultando las condiciones materiales que la hacen posible.

La slow life que vemos en redes no es neutral

Si miramos con un mínimo de atención, aparece un patrón bastante claro. La mayoría de creadoras de contenido slow life son mujeres que no trabajan cuarenta horas semanales fuera de casa. Ni veinte. Ni diez. En muchos casos, su trabajo es precisamente documentar su vida “lenta”: grabarse haciendo journaling, cocinando con calma, ordenando su hogar, haciendo yoga, haciendo decluttering o paseando a media mañana por el bosque.

Nada de eso es reprochable en sí mismo. El problema es el relato que se construye alrededor. Esa vida lenta no se presenta como lo que es (un privilegio sostenido por condiciones materiales muy concretas), sino como una elección personal, una cuestión de actitud, casi de voluntad. Como si el cansancio de las demás fuera una falta de autocuidado y no el resultado de jornadas laborales interminables, trabajos precarios, explotación, desplazamientos eternos y responsabilidades que no se reparten.

Y hay algo más que casi nunca se muestra en esos vídeos de casas impolutas, flores frescas y cocinas ordenadas: en muchos casos, ese hogar “lento” funciona porque hay otra mujer limpiando de verdad. Una mujer que llega cuando la cámara se apaga. Normalmente, una mujer migrante, precarizada, invisible. El slow life de unas se construye sobre el cuerpo, el tiempo y el cansancio de otras. Estas mujeres nunca salieron realmente de la cocina. Simplemente la subcontrataron.

Mientras unas se graban leyendo al sol, otras llegan a casa arrastrando sueño. Y no porque no sepan “vivir despacio”, sino porque el sistema no se lo permite. Y porque alguien tiene que sostener esa calma ajena.

Cuando la slow life se parece demasiado a la tradwife

Muchas de las propuestas que circulan bajo la etiqueta slow life no son neutras políticamente. En realidad, reproducen —a veces de forma muy explícita, otras de manera más amable— la división sexual del trabajo.

Son relatos de mujeres dedicadas al espacio doméstico, a la gestión emocional del hogar, a la crianza, a la cocina, al cuidado… mientras sus parejas, siempre hombres, siguen plenamente insertas en el mercado laboral capitalista. Ellos producen salario. Ellas producen contenido, estética y un ideal de vida tranquila que se capitaliza en forma de visualizaciones, colaboraciones y ventas.

Esto es una actualización del imaginario tradwife, pero adaptado al lenguaje contemporáneo: menos misa (aunque todavía se ve mucha biblia en las influencers estadounidenses) y más cerámica artesanal y pastelitos caseros cuquis; menos discurso explícito y más vibes. El mensaje, sin embargo, es similar: el lugar “natural” de las mujeres es el hogar, el cuidado, la calma; el de los hombres, el trabajo productivo.

Y eso no es vida lenta, es patriarcado con filtros.

El malestar es real, pero el diagnóstico es falso

Aquí entra una cuestión clave. El cansancio de las mujeres es real. La frustración también. Durante décadas se nos dijo (desde el feminismo, pero también desde el sistema) que la emancipación económica era imprescindible para la igualdad. Y lo es. El problema es que el capitalismo nos absorbió sin ofrecer a cambio ni conciliación real, ni corresponsabilidad, ni condiciones de vida dignas.

Las derechas están sabiendo leer muy bien ese malestar. Pero en lugar de señalar al capitalismo como verdadero responsable del agotamiento, señalan al feminismo. Nos dicen que “nos engañó”, que trabajar no nos hizo libres, y nos ofrecen una salida falsa: volver al hogar, pero esta vez presentado como elección consciente, como bienestar, como slow life.

Es una trampa. Porque no cuestiona el sistema que explota, solo cambia quién paga el precio.

La slow life como coartada del privilegio

La vida lenta que se muestra en redes no está pensada para quienes no tienen tiempo, energía ni margen. Se dirige precisamente a quienes más cansadas están, ofreciéndoles consejos imposibles de aplicar. Es una slow life aspiracional y glamurizada, presentada como la alternativa amable a la emancipación de las mujeres y a nuestra presencia en un mercado laboral que nos exprime y nos roba la vida.

El mensaje es perverso: trabajar te agotó, el feminismo te mintió, vuelve a casa. Pero lo que no se dice es que quienes difunden ese mensaje sí están trabajando. Están monetizando contenido, cerrando colaboraciones, facturando, capitalizando su imagen. Están en la misma rueda de producción capitalista, solo que mejor maquillada.

La estafa es perfecta: mujeres que ganan dinero diciéndoles a otras mujeres que no tengan empleo. Que renuncien a su independencia económica en nombre de una vida supuestamente más tranquila.

Porque hay una verdad incómoda que nunca aparece en esos reels suaves y silenciosos: ellas pueden coger su dinero y irse donde quieran. Pero las mujeres que abandonaron su empleo, su autonomía y su red económica siguiendo ese ideal no tienen a dónde ir. La hipocresía máxima.

Por eso resulta tan peligrosa esta narrativa. No cuestiona el sistema que explota, solo redistribuye el riesgo. El capitalismo queda intacto y el patriarcado, reforzado. Y la culpa vuelve a recaer, una vez más, sobre las mujeres.

Entonces, ¿qué hacemos con la slow life?

Yo no estoy en contra de la vida lenta. Todo lo contrario. Pero una slow life real no puede existir sin cuestionar el capitalismo y el modelo de trabajo. No puede ser un lujo para unas pocas ni un destino exclusivo para mujeres.

Una vida más lenta exige menos horas de trabajo (o directamente la abolición del mismo), salarios dignos, corresponsabilidad real, servicios públicos fuertes y una redistribución profunda del trabajo de cuidado. Exige politizar el descanso. Exige entender que el tiempo también es una cuestión de poder.

Mientras eso no ocurra, la slow life que se nos vende seguirá siendo una mentira amable. Y, en el peor de los casos, un caballo de Troya para devolver a las mujeres al espacio privado, justo cuando el fascismo vuelve a ganar terreno y necesita cuerpos de mujeres disponibles, dóciles y silenciosos.

Esto no es un problema de mujeres ni  una cuestión de elecciones individuales. Es estructural, es sistémico, es patriarcado y capitalismo. Y hasta que no miremos eso de frente, no habrá vida lenta que nos salve.

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