Los mantenidos son ellos: Trabajo doméstico gratuito y estatus masculino

¡Hola, hermanas del Círculo!

Durante décadas, a las mujeres que se dedicaban al trabajo doméstico y de cuidados se les llamó “mantenidas”. Con desprecio, con sorna, con esa condescendencia que convierte el trabajo ajeno en algo invisible.

“Mantenida” era la que no traía sueldo a casa. “Mantenida” era la que dependía económicamente de su marido. “Mantenida” era la que “no trabajaba”.

Y, sin embargo, si algo demuestra la historia económica y social es que los mantenidos han sido ellos. Porque ningún hombre ha ascendido solo. Ninguno ha construido su carrera sin que alguien sostuviera la base material de su vida cotidiana. Ninguno ha podido dedicar energía plena al empleo sin que alguien absorbiera el trabajo invisible que hace que la vida funcione.

La gran estafa ha sido llamar dependencia a lo que en realidad era infraestructura.

La infraestructura invisible del éxito masculino

El ascenso profesional de los hombres no se explica únicamente por talento o esfuerzo. Ya sabemos que muchas veces, eso es lo menos importante y que la meritocracia es un mito.  Se explica, en gran medida, por la existencia de una retaguardia estable: una mujer encargándose de la logística vital.

Mientras ellos acumulaban capital, ellas acumulaban tareas. Mientras ellos ampliaban jornada, ellas ampliaban responsabilidades. Mientras ellos cultivaban redes profesionales, ellas mantenían redes familiares. Mientras ellos descansaban, ellas planificaban.

La casa limpia, la comida preparada, la ropa lista, las criaturas cuidadas, la agenda familiar gestionada, los cumpleaños recordados, las emociones reguladas. Y todo eso, amigas, es trabajo. Montones de trabajo.  Es un trabajo que ha permitido y sigue permitiendo que muchos hombres compitan en el mercado laboral con ventaja comparativa.

Y cuando esa ventaja desaparece, aparece el discurso de la crisis.

La “crisis de la soledad masculina” 

Un estudio de la Universidad de Minnesota demostró hace ya diez años que el estatus socioeconómico de los hombres heterosexuales se ve significativamente afectado por el hecho de tener o no pareja, mientras que en el caso de las mujeres apenas había diferencias. Es decir, emparejarse beneficia materialmente a los hombres heterosexuales de una forma que no beneficia del mismo modo a las mujeres.

Por eso resulta revelador que la soltería masculina se enmarque como “epidemia” o “crisis social”, mientras que la de las mujeres se describe como egoísmo, traición o fracaso.

En realidad, lo que está generando alarma no es que los heteros no encuentren pareja, sino la pérdida de soporte estructural. Es la pérdida de acceso a trabajo doméstico gratuito. Es la pérdida de estabilidad logística que facilita el ascenso.

Cuando dicen que “el feminismo ha fallado a los hombres”, primero me parto de risa. Y después me doy cuenta de que lo que están diciendo es que ya no cuentan con una esposa-gestora-emocional-disponible-24/7 por defecto. El fin del privilegio.

El mito de la “incorporación femenina al trabajo”

Otra mentira útil ha sido repetir que las mujeres “se incorporaron al mercado laboral” en el siglo XX. Las mujeres de clase trabajadora siempre han trabajado. En el campo, en talleres, en fábricas, como sirvientas, costureras, lavanderas, profesoras y hasta en el sector de la construcción. Lo que cambió fue el reconocimiento, pero no la presencia.

La teórica feminista Silvia Federici explica en Calibán y la bruja cómo el desarrollo del capitalismo expulsó a las mujeres de los espacios productivos para encerrarlas en el ámbito doméstico, convirtiéndolas en productoras gratuitas de fuerza de trabajo: gestaban, criaban y mantenían a quienes luego serían explotados en el mercado. El hogar no fue un refugio natural para las mujeres, sino una reorganización económica. Y dentro de esa reorganización, el trabajo doméstico dejó de considerarse trabajo. Muy conveniente para el sistema y muy devastador para las mujeres.

La esposa como símbolo de estatus

El economista y sociólogo Thorstein Veblen habló del consumo vicario (Teoría de la clase ociosa, 1899): el estatus que un hombre heterosexual exhibe a través de la posición y el estilo de vida de su esposa. Solo las clases adineradas podían permitirse una mujer dedicada exclusivamente al hogar, y esa “inactividad productiva” funcionaba como marca de éxito masculino.

El ama de casa no era una mantenida, sino un indicador económico. Ella representaba que él ganaba lo suficiente como para que no tuviera que ganar un sueldo. Ella encarnaba su poder adquisitivo, la prueba visible de su ascenso. 

Pero el relato patriarcal la convirtió en dependiente.

El insulto como herramienta de disciplina

Llamar “mantenida” a una mujer que sostiene un hogar es una operación ideológica brillante para el patriarcado: invisibiliza su trabajo y legitima la jerarquía respecto a los hombres.

Y cuando hoy se amenaza a las mujeres con “acabar solas con gato, vino y satisfyer”, no se está describiendo ningún drama, sino que se está activando un mecanismo de control: el miedo al aislamiento. La advertencia es clara: si no cumples tu función, te quedarás fuera.

Pero cada vez más mujeres descubren que fuera de las relaciones heterosexuales está la felicidad. El reciente estudio ‘Mujeres mayores que viven solas en la Comunidad Autónoma de Euskadi: ¿permiso social concedido?’ de Iratxe Herrero Zarate y Carlos Díaz de Argandoña ha demostrado que “para muchas mujeres mayores, vivir solas es un aprendizaje, una oportunidad, una etapa de crecimiento personal; es una experiencia que [...] se valora mayoritariamente de forma positiva, tanto entre quienes han llegado a ella por una circunstancia sobrevenida como entre quienes la han elegido libremente”.  

Las mujeres solteras no "rehacemos nuestra vida" con sustitutos, sino que construimos nuestro propio proyecto, y que la soltería es autonomía. Y esa autonomía desestabiliza estructuras que dependían de nuestro trabajo gratuito.

Lo que el 8M vuelve a poner sobre la mesa

El 8M es un recordatorio de que las desigualdades de género atraviesan la organización misma de la vida. 

Hablar de “mantenidas” o de trabajo doméstico y de cuidados es hablar de economía política; es hablar de cómo se distribuye el tiempo, la energía y el reconocimiento; es hablar de quién sostiene y quién capitaliza. 

Cuando las mujeres dejan de ofrecer trabajo gratuito, lo que emerge es una reconfiguración del poder. Que no lo llamen "crisis de soledad masculina" ni otros eufemismos; que no nos tomen por tontas.

Cuando los privilegios materiales se tambalean, lo que emerge es una reacción. Una reacción fascista, una rabia y una misoginia galopante. No, no es por falta de compañía. Es por pérdida de privilegios y por falta de acceso gratuito y automático a recursos invisibles.

Así que a ver si empezamos a darle una vueltita a eso de "mantenidas", que el insulto está mal dirigido. 

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