Santa Águeda no era cristiana: cuerpos, ciclos y feminismo
¡Hola, hermanas del Círculo!
Cada 4 de febrero, en muchos pueblos y ciudades de Euskadi, el suelo vuelve a sonar. Las makilas golpean la tierra al ritmo de canciones antiguas, las voces se elevan en coro y, por unas horas, el invierno parece aflojar.
No es un gesto inocente. Golpear la tierra responde a una creencia muy antigua: llamar a la Tierra para que despierte tras el solsticio de invierno y empiece, poco a poco, a abrirle paso a la primavera.
Es la víspera de Santa Águeda, una celebración profundamente arraigada en la memoria colectiva vasca y, al mismo tiempo, uno de esos lugares incómodos donde lo cristiano y lo pagano conviven, se superponen y se disputan el sentido.
Si miramos con un poco de atención, resulta difícil no escuchar en esta tradición ecos mucho más antiguos que la devoción cristiana. Ecos que hablan de ciclos, de fertilidad, de cuerpos cansados y de tierra fría. Y, si afinamos un poco más la mirada, también de una forma de organizar la vida que hoy parece casi subversiva: vivir atendiendo a los ritmos naturales y a nuestros propios ciclos internos, y no exclusivamente al reloj del trabajo y la productividad capitalista.
Golpear la tierra para despertarla
La imagen es conocida: cuadrillas, coros, escolares, vecinas y vecinos recorriendo calles y plazas, vestidos con trajes tradicionales, golpeando el suelo con palos (makilas en euskera) mientras cantan.
A menudo se presenta como una costumbre folclórica más, amable y pintoresca. Pero su simbolismo es potente. Golpear la tierra no es un gesto vacío. Es una llamada. Un aviso. Un despierta, por favor, el invierno está siendo demasiado largo.
En las culturas agrícolas, el final del invierno era un momento crítico. Las despensas empezaban a vaciarse, el cansancio acumulado pesaba en los cuerpos y la incertidumbre no era una metáfora, era real. Por eso, en muchas tradiciones, el inicio de febrero aparece marcado por rituales de transición: no celebran aún la abundancia, celebran la resistencia.
Aquí es donde la conexión con Imbolc se vuelve evidente.
Imbolc: el umbral entre el invierno y la luz
Imbolc es una antigua festividad celta que se celebra alrededor del 1 de febrero y marca el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera. No es todavía primavera, pero ya no es el invierno más oscuro.
Es el tiempo del todavía no y del ya casi.
De lo que aún no se ve, pero empieza a moverse bajo la tierra.
Tradicionalmente, Imbolc estaba asociado a la fertilidad, la renovación y lo femenino. No en un sentido esencialista o romántico, sino profundamente material: los cuerpos que gestan, los cuerpos que alimentan, los cuerpos que sostienen la vida. Era una celebración del cuidado, de la preparación y de la escucha.
No hablaba de grandes cosechas, sino de atender lo frágil.
Cuando observamos Santa Águeda desde esta perspectiva, la conexión es clara. Santa Águeda es patrona de las mujeres y de la fertilidad. Su cuerpo torturado se convierte, paradójicamente, en símbolo de protección, sanación y resistencia. La narrativa cristiana se superpone a un sustrato mucho más antiguo, donde los pechos, la leche y la tierra fértil estaban profundamente conectados.
Cristianismo, apropiación y resignificación del calendario
Aquí conviene detenerse y decir algo sin rodeos: el cristianismo no llegó con un calendario vacío. Llegó a territorios llenos de fiestas, rituales y celebraciones ligadas a los ciclos naturales, y lo que hizo de forma sistemática fue apropiarse de ellas para resignificarlas.
No es un caso aislado. Navidad se superpone al solsticio de invierno. El Día de Todos los Santos se asienta sobre Samhain. Santa Águeda ocupa el mismo umbral temporal que Imbolc. No porque el cristianismo inventara nuevas celebraciones, sino porque necesitaba domesticar las que ya existían.
La estrategia fue clara: mantener el calendario —porque el cuerpo y la tierra lo reconocen— pero cambiar el relato. Donde había rituales de fertilidad y comunidad, se colocaron mártires y santas. Donde había saber popular, se impuso doctrina. Donde había horizontalidad, se introdujo jerarquía.
Muchas celebraciones sobrevivieron, sí, pero a costa de ser despojadas de su sentido original y, sobre todo, de su potencial subversivo.
Hoy, el antiguo Imbolc celta se celebra en Euskadi bajo la forma de Santa Águeda. En Bizkaia, por ejemplo, es tradición subir a la ermita del monte Arroletza los días cercanos al 5 de febrero. Se venden rosquillas, quesos, cordones de San Blas; se come, se canta y se comparte. Y dentro de la ermita, la imagen de la santa sostiene una bandeja con sus pechos amputados.
La violencia sigue ahí, aunque la miremos sin verla.
Mujeres, cuerpo y territorio
No es casual que Santa Águeda esté tan vinculada a las mujeres. Ni que sus atribuciones tengan que ver con el cuerpo, la enfermedad, el fuego o la protección del hogar y del ganado. Ni que en muchos lugares sean las mujeres quienes toman la calle ese día.
Santa Águeda fue torturada por no someterse a un hombre. Su cuerpo castigado se convierte en símbolo, pero también en advertencia.
Desde una mirada feminista, esta fiesta nos ofrece una clave fundamental: hubo un tiempo en el que el conocimiento de los ciclos, de la tierra y del cuerpo estuvo en manos de las mujeres. Un saber práctico, encarnado, transmitido de generación en generación. Un conocimiento que más tarde fue ridiculizado, despreciado y perseguido.
Los hombres se apropiaron de la llamada “ciencia moderna”, mientras ese saber femenino era deslegitimado, medicalizado o directamente castigado con violencia.
Hoy vivimos profundamente desconectadas de esos ritmos. El ciclo menstrual se silencia. El cansancio se patologiza. El invierno se combate con luz artificial y agendas imposibles. Y todo se subordina a una lógica concreta: la del empleo como eje central de la vida.
Capitalismo, tiempo y agotamiento
Organizar la vida en torno al trabajo asalariado no es neutral. Responde a un sistema que necesita cuerpos disponibles, constantes y productivos, da igual la estación, el clima o el estado emocional.
El problema es que los cuerpos —y especialmente los cuerpos feminizados— no funcionan así.
Vivir de espaldas a los ciclos naturales tiene un coste: agotamiento crónico, desconexión emocional, pérdida de sentido. No es casual que sintamos alivio cuando el ritmo se ralentiza. El cuerpo sabe cosas que el sistema necesita que ignoremos en favor de la hiperproductividad y el robo de la plusvalía.
Celebraciones como Santa Águeda o Imbolc nos recuerdan que otra organización del tiempo fue —y podría volver a ser— posible. Que hubo momentos para sembrar, para recoger y también para parar. Que el invierno no era un fallo del sistema, sino una fase necesaria.
Recuperar los ciclos como gesto político
Mirar a la naturaleza para reorganizar la vida no es nostalgia ni romanticismo. Es una propuesta política.
Significa cuestionar un modelo que pone el empleo en el centro y relega la vida a los márgenes. Significa reivindicar el derecho a vivir el propio cuerpo sin culpa, a descansar cuando toca, a bajar el ritmo, a reconocer que no todos los días ni todas las personas pueden lo mismo.
Cuando golpeamos simbólicamente la tierra en Santa Águeda, quizá también podríamos golpear esa idea de que siempre hay que poder más.
Tal vez sea momento de escuchar qué nos piden nuestros cuerpos y nuestros territorios.
Un cierre (y una invitación)
Santa Águeda e Imbolc nos sitúan en un umbral.
No es aún primavera, pero algo se mueve.
Bajo la tierra, la vida despierta. Dentro de nosotras, también.
Quizás la pregunta no sea cómo mantener estas tradiciones, sino qué nos enseñan. Qué pasaría si organizáramos un poco más nuestra vida desde ahí: desde el cuidado, la escucha y los ciclos. Qué pasaría si dejáramos de medirnos solo en productividad y empezáramos a hacerlo en términos de bienestar, comunidad y sentido.
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