Día de la Tierra: Amalur, capitalismo y la vida en un mundo que lo explota todo
¡Hola, hermanas del Círculo!
Hoy es el Día de la Tierra y, la verdad, cada año me cuesta más tomarme en serio esta fecha. Y es que mientras nos dicen que reciclemos, que consumamos menos o mejor, que pongamos nuestro granito de arena (cosas que me parecen bien), el mundo sigue funcionando exactamente igual: más extracción, más explotación, más violencia sobre los territorios y sobre los cuerpos.
Y llega un punto en el que una no puede evitar pensar: ¿de verdad va de esto? ¿De separar el vidrio mientras los ricos se mueven en jets privados sin ningún tipo de límite? ¿De reducir nuestro consumo individual mientras se siguen abriendo conflictos bélicos al margen de la legalidad internacional por recursos?
Porque lo que estamos viendo ahora mismo no es precisamente una anécdota: conflictos por apoderarse del petróleo, por control geopolítico, por recursos energéticos... Territorios arrasados, vidas desplazadas, genocidio y violencia sostenida.
En este contexto, el discurso del “cuidar el planeta” se me queda pequeño. Muy pequeño.
Amalur: no hay nada fuera
En la antigua religión pagana vasca, Amalur no es simplemente la Tierra, sino que es el origen de todo.
Amalur hace posible la vida. Es la que sostiene, la que alimenta y la que contiene. No hay nada fuera de ella: ni los seres vivos, ni las divinidades, ni siquiera la muerte, porque también las almas habitan en su interior.
De Amalur nacen Eguzki (el sol) e Ilargi (la luna), que traen luz y orden frente a la oscuridad. Y también crea el eguzkilore, esa flor que se coloca en las puertas de las casas en Euskal Herria para proteger, para marcar un límite a todo lo malo.
Más allá del asunto religioso, lo interesante es la idea que hay debajo, es decir, que no existe una separación entre la naturaleza y la vida humana. Que no existe un "afuera", un "eso otro" que podamos explotar sin consecuencias. Y esto implica reconocer que lo que le hacemos al territorio, nos lo estamos haciendo a nosotras mismas.
Territorio: lo que se consume
Hoy hablamos mucho de “la Tierra” como algo abstracto, pero los impactos de la acción de los hombres (no es masculino genérico) en el planeta se dan en lugares muy concretos: proyectos de urbanización en los montes que nadie ha pedido, costas convertidas en negocio para los ricos, ciudades rediseñadas como escaparates para el consumo y no para la vida. Explotación de los territorios, guerra y genocidio.
Los conflictos actuales, lejos de ser causales, tienen mucho que ver con el control de los recursos y la energía, con quién decide sobre los territorios y para qué. Control, poder y dinero.
El problema que veo es que muchas veces eso queda fuera del relato del Día de la Tierra. Ahí parece que todo se reduce a hábitos y responsabilidades individuales, como si el problema fuera que no separamos bien el cartón. Y no. Amiga, date cuenta: El problema es que hay un sistema que necesita explotar constantemente el territorio para sostenerse.
Cuerpo: Lo que aguanta
Aquí viene la parte que casi nunca se menciona cuando hablamos del Día de la Tierra: Esta misma lógica de explotación atraviesa también los cuerpos. Nuestros cuerpos también están cansados. Nuestros cuerpos sostienen cuidados invisibles, no llegan a todo, no les permitimos parar. Igual que a la tierra, también exprimimos nuestros cuerpos.
También los organizamos en función de lo productivo, adaptándolos a ritmos que no son sostenibles, sacando de ellos todos los recursos posibles, hasta que no pueden más.
Y mientras tanto, nos dicen que tenemos que cuidar el planeta sin cuestionar el modelo que está haciendo imposible sostener la vida. Ni la del territorio. Ni la nuestra.
La ecología sin conflicto no sirve
Una ecología sin conflicto, sin análisis de poder y sin crítica estructural se queda en la superficie. Y es que no es lo mismo reducir el consumo que cuestionar quién produce, cómo y para quién.
No es lo mismo reciclar que preguntarse por qué hay una producción desmedida que necesita ser reciclada.
No es lo mismo hablar de naturaleza que hablar de territorios, de poder y de desigualdad.
Todo el conflicto, en realidad, tiene un nombre claro: capitalismo. Sí, ya estamos otra vez, sí. El capitalismo es un sistema que necesita convertirlo todo en recurso: la tierra, el tiempo, los cuerpos y la vida. Que necesita crecimiento constante, aunque eso implique arrasar territorios, precarizar vidas o sostener conflictos por el control de la energía y los recursos naturales.
Y mientras ese marco no se cuestione, cualquier discurso sobre “cuidar el planeta” se me queda inevitablemente corto.
Volver a Amalur
Si algo me interesa de la diosa Amalur no es lo simbólico en sí, sino lo que implica: Que nuestras vidas no están separadas de la tierra, que no hay margen infinito y que todo lo que se rompe, se nos rompe dentro.
Solo cambiando esta forma de mirar podremos estar cuidando del planeta, ya que estamos intentando sostener la vida en condiciones cada vez más y más difíciles. Porque vivimos dentro de un sistema que trata la tierra como recurso y los cuerpos como herramienta.
Mientras eso no cambie, todo lo demás es quedarse en la superficie.
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