La España que nos venden en Instagram no es la que vivimos

¡Hola, hermanas del Círculo!

Últimamente Instagram me enseña una España que yo no reconozco.

Me aparecen constantemente vídeos de personas extranjeras que viven aquí contando su experiencia. El contenido suele ser siempre el mismo: choques culturales, lo bien que se vive en España, lo barato que es todo, lo mucho que se hace vida en la calle, lo lento que va todo, lo poco estresante que es la vida aquí.

Y claro, lo cuentan con una sonrisa. Siempre con una gran sonrisa.

Pero hay algo en esos vídeos que me genera un malestar difícil de explicar… o, bueno, igual no tan difícil. Porque la España que muestran no es la que yo vivo en mi día a día. 

La vida que venden y quién puede vivirla

Si te fijas un poco, el perfil de estas personas suele ser bastante parecido: gente con dinero, gente que no tiene problemas para acceder a una vivienda, gente que teletrabaja o directamente vive de generar contenido sobre su vida aquí, gente que puede permitirse vivir en el centro, salir a diario, comer fuera, bajar a la terraza después de trabajar y disfrutar de esa “vida en la calle” que tanto romantizan.

Y aquí es donde me empieza a chirriar todo. Mucho.

Mientras te cuentan lo maravilloso que es salir a tomarte algo cualquier tarde, muchas otras estamos haciendo la compra, poniendo lavadoras, preparando la comida del día siguiente o yendo a buscar a las criaturas a extraescolares.

No es que no queramos esa vida. Es que no es nuestra realidad.

Porque esas vidas aparentemente ligeras, flexibles y lentas muchas veces se sostienen sobre algo que no se ve: trabajos invisibles que alguien está haciendo en otra parte. Cuidados, limpieza, gestión cotidiana. Todo eso que no sale en los vídeos, pero que hace posible ese estilo de vida.

Así que no, no están mostrando “España”. Están mostrando la España que pueden permitirse consumir.

La ciudad convertida en producto

Y luego está otra cosa distinta, aunque relacionada: lo que está pasando con nuestras ciudades. Porque mientras vemos esos vídeos, la ciudad real —la de quienes vivimos aquí todo el año— está cambiando a toda velocidad.

Cada vez es más difícil todo. La vivienda está disparada, pero no solo la vivienda. Tomarse algo en un bar ya no es lo que era. Surgen como setas cafeterías de especialidad donde un café con leche cuesta más de 3 euros. Tostadas a 16 pavos. Açai bowls. Cucuruchos de fresas con mierdas dulces por encima. Sitios donde te arreglan la bici mientras te tomas un brunch¿Para quién es todo esto? Porque desde luego, no para la mayoría de la gente que vive aquí.

En Bilbao —y en tantas otras ciudades— los comercios de toda la vida están desapareciendo y en su lugar aparecen negocios pensados para otro tipo de bolsillo y otro tipo de vida.

Y luego está la calle. Terrazas ocupando cada vez más espacio, sin apenas sitio para caminar. Gente con Google Maps en la mano, parándose de golpe, chocándose contigo, caminando sin mirar, como si la ciudad fuera un decorado. A veces siento que estoy esquivando cuerpos constantemente. Y no mola.

Una estrategia cuidadosamente buscada

Aquí es importante hacer una distinción: Por un lado, están esas personas que vienen y cuentan su experiencia. Por otro, está el modelo que hace posible esa experiencia. Porque las ciudades no cambian solas.

Las instituciones llevan años apostando por un modelo muy concreto: atraer turismo, inversión y consumo. Convertir Bilbao en una ciudad internacional a base de grandes eventos, infraestructuras y promoción constante: World Series by Renault, Red Bull Cliff Diving, FIBA, MTV EMAs, World’s 50 Best Restaurants, etapas de la Vuelta, finales europeas de rugby… cada dos por tres hay montado un circo.

A eso súmale la apertura constante de hoteles (todos de cinco estrellas, por cierto), el auge de los alojamientos turísticos en la costa y la llegada constante de cruceros.

Todo eso no es casual; es una estrategia. Y tiene consecuencias muy concretas en la vida diaria.

Quién gana y quién pierde

Bueno, aquí tampoco hay mucho misterio. Gana, principalmente, la hostelería y todo el modelo económico que gira en torno al turismo y al consumo rápido.

Esto tiene un impacto en la movilidad, el medio ambiente y la vida diaria. Pierden los vecindarios, los barrios, la vida cotidiana. Pierde la posibilidad de estar en tu ciudad con tranquilidad. Porque no, la ciudad no está más viva, sólo está más explotada. Se está gestando una situación insostenible desde todos los puntos de vista.

La trampa de la “vida lenta”

Aquí es donde todo esto conecta con algo que ya he comentado otras veces: el mito de la slow lifeEsa idea de que vivir más despacio es una elección individual, una cuestión de actitud o de prioridades personales.

Pero lo que muestran estos vídeos no es una vida más lenta accesible para todo el mundo. Es una vida atravesada por privilegios: Tiempo, dinero, flexibilidad, ausencia de ciertas responsabilidades o la posibilidad de externalizarlas. Y mientras tanto, muchas seguimos viviendo a contrarreloj.

Así que no, no es que aquí se viva mejor sin más. Es que hay quien puede permitirse vivir así. 

Tu ciudad se ha convertido en un escenario

Hay algo que me resulta especialmente irritante en todo esto, y es la sensación de que nuestras ciudades se han convertido en el escenario de la vida de otras personas. Son lugares donde se consume, se documenta y se comparte. Un fondo bonito para vídeos de “qué bien se vive en España”.

Mientras tanto, la mayoría de quienes vivimos aquí cada vez lo tenemos más difícil para sostener una vida normal. Es una forma bastante clara de desigualdad que me molesta muchísimo.

Conclusión

No se trata de una transformación casual. No es un movimiento espontáneo ni neutro, sino un modelo muy conscientemente buscado que prioriza el consumo sobre la vida, el beneficio sobre el arraigo, la experiencia de quien viene para un rato o temporalmente sobre la de quien siempre estuvo aquí. Las ciudades se están reorganizando para quien puede pagarlas, no para quien vive en ellas

Y eso, al final, se nota en todo: en los precios, en las calles, en los tiempos, en la forma en la que estamos o dejamos de estar en los lugares.

La sensación que me queda es bastante clara: Que nos están echando sin movernos de casa.

Si te ha gustado esta entrada, puede que también te interesen:

Comentarios