El mito del instinto maternal: cultura, biología y otras excusas
¡Hola, hermanas del Círculo!
¿Cuántas veces nos han dicho que lo llevamos “en la sangre”? Que cuidar es “lo nuestro”, que los hombres “no saben”, que hay algo en nuestro ADN que nos empuja a querer ser madres y a hacerlo con ternura infinita. Lo hemos escuchado tanto, y durante tanto tiempo, que hasta parece lógico. Pero no lo es.
Durante siglos se ha repetido una idea tan arraigada que apenas se cuestionaba: que las mujeres tendríamos, por naturaleza, un “instinto maternal” que nos empuja a desear la maternidad y a cuidar de forma innata. En paralelo, se asumía que los hombres —por su biología— no estarían “programados” para cuidar, lo que explicaría (y justificaría) su menor implicación en la crianza y en el trabajo reproductivo.
Pero cuando miramos de cerca, con los ojos de la ciencia y no con los de la costumbre, ambas afirmaciones se desmoronan. Ni existe un instinto maternal universal, ni la biología absuelve a nadie de la responsabilidad de cuidar. Lo que sí existen son predisposiciones biológicas, experiencias que las refuerzan y contextos culturales que las moldean. Y esa combinación explica por qué seguimos confundiendo biología con destino.
Qué es realmente un instinto
Desde la biología, un instinto es un comportamiento innato y automático, común a todos los individuos de una especie, que no requiere aprendizaje y que aparece siempre bajo las mismas condiciones. Es decir, un patrón fijo de acción.
Una araña teje su red sin que nadie le enseñe; un ave construye su nido siguiendo el mismo modelo que las demás de su especie. Eso es un instinto.
Si aplicamos esta definición al llamado “instinto maternal”, para que existiera deberían cumplirse varias condiciones: todas las mujeres deberían desear ser madres; todas deberían experimentar apego inmediato; todas deberían cuidar de la misma forma. Sin excepciones.
Pero las excepciones existen. Muchas. Y no solo entre mujeres cisgénero.
El mito del "instinto maternal"
La idea del "instinto maternal" se popularizó especialmente en el siglo XIX, cuando la medicina, la religión y la moral burguesa se aliaron para fijar una imagen concreta de la mujer como ser naturalmente cuidador. Era una época en la que la ciencia se usaba —con más ideología que evidencia— para justificar los roles de género.
Hoy sabemos que el deseo de ser madre no es estrictamente biológico. Es psicológico, social y cultural. Hay mujeres cis que no desean la maternidad nunca; otras que la desean intensamente; otras que la viven de forma ambivalente. Hay hombres trans que gestan y cuidan. Hay mujeres trans que cuidan sin haber gestado. Hay personas no binarias que ejercen la crianza.
Esa diversidad no puede explicarse mediante un instinto universal. Solo puede entenderse si aceptamos que el cuidado no nace del sexo, sino de la experiencia, del contexto y de la posibilidad real de ejercerlo.
Lo que sí existe es una base biológica del apego, compartida por todas las personas, independientemente de su sexo o identidad de género. Durante el embarazo, el posparto y también durante la implicación activa en el cuidado, el cuerpo produce hormonas como la oxitocina y la prolactina, que refuerzan el vínculo.
Pero esas hormonas no crean amor por sí solas. Son una predisposición, no una garantía. El vínculo se construye —o no— en función del entorno, del apoyo, del descanso, de la seguridad y de la implicación real.
Cuando el “instinto” no aparece
Si el "instinto maternal" fuera universal, no existirían madres que no sienten apego, personas gestantes que rechazan la crianza, ni experiencias de maternidad atravesadas por el dolor, la distancia o la ambivalencia.
Pero existen. Y no son anomalías monstruosas: son parte de la experiencia humana.
Una persona puede no sentir apego hacia su criatura si atraviesa una depresión posparto, si vive violencia, si carece de red, si está exhausta o si arrastra traumas previos. El cuidado no es automático: requiere energía, tiempo y sostén. Cuando esas condiciones fallan, el vínculo puede no desarrollarse.
Esto es válido para mujeres cis, hombres trans, parejas del mismo sexo o cualquier configuración familiar. No es una cuestión de identidad, sino de condiciones materiales y emocionales.
El cuidado no tiene sexoDurante décadas se ha sostenido que los hombres “no están hechos” para cuidar. Que no saben, que no sienten, que no pueden.
La neurociencia desmiente esto con claridad. Cuando una persona —sea hombre cis, mujer trans, persona no binaria— se implica de forma real y sostenida en la crianza, su cuerpo y su cerebro cambian: Aumenta la oxitocina, se activan las áreas cerebrales asociadas a la empatía y al apego, y se refuerzan los circuitos de atención.
Dicho de forma sencilla: el cuidado genera biología, y no siempre al revés.
La diferencia no está en el cuerpo, sino en quién cuida y quién no. En quién tiene permiso, tiempo y reconocimiento para hacerlo.
El sueño, los despertares y la práctica del cuidado
Un ejemplo claro de cómo se entrelazan biología y cultura es el sueño en las primeras etapas de la crianza. Es frecuente que quien asume la mayor parte del cuidado nocturno tenga un sueño más ligero y esté en estado de alerta constante.
Esto ocurre en parejas heterosexuales, pero también en parejas de mujeres, en familias LGTBIQ+ y en contextos donde una sola persona sostiene la crianza. No responde al sexo, sino a la responsabilidad asumida.
Cuando el cuidado se reparte desde el inicio, todas las personas implicadas aprenden a despertarse, a responder y a anticipar. El cerebro se adapta a la función que ejerce. La práctica transforma la biología.
Decir que algo tiene una base biológica no significa que sea inevitable. El cerebro humano es plástico. Cambia con la experiencia. Por eso las diferencias hormonales asociadas a la gestación no determinan quién debe cuidar, sino solo desde qué punto parte cada cuerpo.
La corresponsabilidad no depende de hormonas, sino de decisiones, de ética y de justicia social.
El determinismo biológico como trampa política
A lo largo de la historia, la biología se ha usado para justificar desigualdades. Si se convence a las mujeres cis de que cuidar es su naturaleza, y al resto de personas de que no lo es, el reparto desigual del trabajo reproductivo se vuelve “natural”.
Pero no lo es.
La biología no impone roles. La cultura los convierte en obligación. Y cuando eso ocurre, no estamos ante ciencia, sino ante ideología.
Reconocer la complejidad para liberar
Negar el "instinto maternal" no significa negar el amor, ni el deseo, ni la belleza de cuidar. Significa liberarlo del mandato.
Cuidar deja de ser un destino impuesto a unas y una coartada para otras. Se convierte en una capacidad humana, compartida, que solo puede sostenerse colectivamente.
La igualdad no llegará mientras el trabajo de cuidado siga teniendo género. Llegará cuando tenga valor, tiempo y corresponsabilidad real.
En conclusión
No existe un "instinto maternal" universal ni biológicamente inevitable. Existen predisposiciones hormonales que pueden facilitar el vínculo, pero no lo determinan.
El deseo de criar es personal y cultural, no natural.
Todas las personas tienen capacidad biológica para cuidar.
La corresponsabilidad no se basa en el sexo, sino en la práctica y la justicia social.
La biología no es destino. Es solo el punto de partida. Y eso, hermanas, es una buena noticia.
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