Clichés machistas en la ficción (II): La culpa siempre es de la madre
¡Hola, hermanas del Círculo!
Hay algo que me fascina y me cabrea al mismo tiempo: la capacidad infinita para encontrar formas de responsabilizar a las mujeres incluso de la violencia que ejercen los hombres hacia nosotras.
Da igual el tema. Da igual quién pegue, quién controle, quién humille, quién asesine. Al final, de una forma u otra, la historia encuentra el modo de señalar a una mujer (o a varias) como origen último del problema.
Y esto se ve especialmente claro en un cliché narrativo que aparece muchísimo más de lo que parece: el de explicar la violencia de los hombres a través de la madre.
En muchas ficciones la culpa no es de la masculinidad tradicional, ni del machismo estructural, ni de la cultura patriarcal, ni de la socialización de los niños y hombres basada en la dominación, el control y el derecho sobre las mujeres. Qué va, mujer. La culpa es de una madre fría, narcisista, cruel, ausente, manipuladora o castradora.
Porque claro, el patriarcado jamás desaprovecha la oportunidad de devolvernos la responsabilidad de todo lo malo que hacen los hombres.
“Él es así por culpa de su madre”
Hace tiempo vi la primera temporada de Big Little Lies y me pareció brillante. Una serie muy potente sobre violencia machista, trauma, silencios y sororidad. Estaba basada en la novela de Liane Moriarty y funcionaba precisamente porque entendía algo fundamental: que el maltratador no es un caso aislado, sino el producto de una estructura profundamente normalizada.
Pero entonces llegó la segunda temporada y, con ella, uno de los giros más decepcionantes que he visto en años. De repente, la violencia ejercida por el personaje de Alexander Skarsgård empieza a explicarse a través de su madre, interpretada por Meryl Streep. La serie sugiere que él era así debido a la educación recibida, al vínculo materno, a una madre emocionalmente destructiva.
Ahí estaba otra vez el viejo truco: un hombre ejerce violencia contra las mujeres y la explicación última vuelve a encontrarse en una mujer.
Lo mismo me pasó viendo La asistenta. Otra historia donde el origen de la violencia del protagonista termina desplazándose hacia la figura materna. Y cuando empiezas a verlo en diferentes ficciones, ya no puedes dejar de verlo cada vez que aparece.
El patriarcado siempre encuentra una madre culpable
Este cliché tiene muchas variantes: la madre fría, la madre sobreprotectora, la madre castradora, la madre ausente, la madre manipuladora, la madre que lo consintió demasiado o demasiado poco, la madre que no le dio suficiente amor...
Pero el resultado siempre es el mismo: la masculinidad violenta aparece despolitizada y psicologizada, como si el problema fueran las heridas emocionales individuales provocadas por una mujer concreta y no un sistema entero que enseña a los hombres que tienen derecho al control, al poder y al acceso emocional, doméstico y sexual sobre las mujeres.
Es una forma muy cómoda de evitar hablar del patriarcado, porque si el problema es su madre, entonces los demás hombres quedan absueltos. La cultura queda absuelta, el patriarcado queda absuelto y la masculinidad queda absuelta.
Y además conseguimos otra cosa maravillosa para el sistema: seguir colocando sobre las mujeres la responsabilidad absoluta de criar emocionalmente bien a los hombres. Si salen violentos, parece que es porque nosotras hemos fallado.
La maternidad como responsabilidad infinita y el padre ausente
Hay una idea profundamente misógina que atraviesa muchísima ficción: la creencia de que las mujeres somos moralmente responsables de lo que hacen los hombres.
Hay que parirlos, criarlos perfectamente, educarlos emocionalmente, enseñarles empatía, regular sus emociones, detectar sus traumas, prevenir su violencia futura y, si algo sale mal, asumir además la culpa, porque cuando un hombre maltrata, agrede o asesina de forma sistemática, la pregunta que se sigue haciendo es “¿Y cómo era la relación con su madre?”
Esto no aparece solo en dramas o thrillers psicológicos. También atraviesa narrativas policiales y criminológicas supuestamente “serias”. En Mindhunter, la serie sobre los inicios de la unidad de perfiles criminales del FBI a finales de los años setenta, vemos constantemente cómo los investigadores otorgan una importancia crucial a la relación de los asesinos seriales con sus madres. En algunos casos, como el de Edmund Kemper, prácticamente se plantea la figura materna como explicación única y directa de su violencia y de sus asesinatos.
Y, ojo, claro que la infancia y las dinámicas familiares influyen en el desarrollo psicológico de una persona. El problema es que el análisis termina desplazándose tantas veces hacia una mujer concreta, mientras todo lo demás desaparece del plano.
Como si los hombres crecieran aislados de otros hombres, como si la masculinidad no educara, como si la pornografía, la misoginia cultural, la violencia normalizada y los modelos masculinos dominantes no existieran.
Curiosamente, rara vez aparecen preguntas como: “¿Y cómo era su padre?”, “¿Qué modelos masculinos tuvo?”, “¿Qué aprendió de otros hombres?”, “¿Qué le enseñó la cultura sobre las mujeres?”
Los padres muchas veces desaparecen del análisis narrativo como si no hubieran participado en absoluto en la construcción emocional y moral de esos hombres. Y eso también es profundamente revelador. En muchísimas historias, los hombres violentos tienen madres frías, crueles, invasivas o emocionalmente destructivas, mientras los padres aparecen desdibujados, ausentes, muertos o directamente irrelevantes. Pareciera que los hombres crecen emocionalmente en laboratorios exclusivamente femeninos. Se olvidan de que la ausencia de los padres también educa.
Y así, una vez más, el trabajo emocional y moral vuelve a recaer simbólicamente sobre las mujeres, incluso en relatos que hablan precisamente de la violencia ejercida por hombres.
“Ella puede salvarlo”: otro clásico agotador
Y aquí conectamos con otro cliché machista muy relacionado con este tema:
la salvadora emocional.
Cuántas veces hemos visto historias donde un hombre agresivo, roto, frío, violento o emocionalmente inaccesible termina “curándose” gracias al amor de una mujer paciente. Ella lo comprende. Ella ve “el dolor detrás de la violencia”. Ella detecta “su lado bueno”. Ella soporta, espera y sana.
La ficción heterosexual está llenísima de hombres que necesitan terapia, pero que reciben novias.
Y esto tiene consecuencias muy reales, ya que muchísimas mujeres han sido socializadas para creer que amar es rehabilitar hombres emocionalmente destruidos. Que si un hombre las trata mal, quizá lo que necesita es más comprensión, más paciencia o más amor.
No ayuda precisamente que la ficción lleve décadas romantizando esto. Desde La bella y la bestia, After, Crepúsculo, Silver Linings Playbook, Mejor... imposible, o Passengers, la ficción heterosexual lleva décadas insistiendo en la misma fantasía: que el amor de una mujer paciente puede rehabilitar a un hombre emocionalmente destructivo.
El trauma masculino como explicación universal
Otra tendencia agotadora es cómo muchísimas historias convierten automáticamente el sufrimiento masculino en una explicación suficiente para justificar la violencia.
El hombre violento tuvo una infancia difícil, sufrió bullying, tenía una madre complicada, fue rechazado, estaba roto por dentro... Y, a ver, entender el origen del dolor humano es positivo. El problema es que la ficción suele usar ese trauma para recentrar emocionalmente al agresor y desplazar a las víctimas. Curiosamente (o no), las mujeres sufrimos violencia toda nuestra vida, pero nos volvemos agresivas en la misma medida que ellos.
Al final, acabamos sabiendo muchísimo sobre el dolor del hombre violento y poquísimo sobre las consecuencias de su violencia sobre las mujeres. Por eso yo nunca leo ni veo ni me acerco siquiera un poco a nada que tenga que ver con el true crime, porque eso es exactamente lo que hace.
La ficción no inventa, refleja
Analizar estos clichés nos ayuda a entender qué ideas se repiten culturalmente, puesto que la ficción no crea el machismo desde cero, pero sí lo normaliza, lo reproduce y le da formas emocionales fáciles de interiorizar.
Si durante décadas vemos historias donde los hombres violentos "son así" por culpa de las madres, las mujeres deben salvar emocionalmente a hombres rotos, y la violencia de los hombres aparece como un problema individual y no estructural, acabamos interiorizando esas ideas casi sin darnos cuenta.
Y eso tiene consecuencias muy reales.
Por eso necesitamos ficción que entienda que la violencia machista no nace de una mala madre, sino de una cultura patriarcal entera. Necesitamos historias donde los hombres sean responsables de sus actos, las mujeres no aparezcan como terapeutas emocionales gratuitas, y la masculinidad pueda analizarse políticamente, no solo psicológicamente.
Y sobre todo necesitamos dejar de contar historias donde, pase lo que pase, una mujer termina siendo culpable de todo porque, sinceramente, ya cargamos suficiente en la vida real como para además tener que cargar con todos los hombres violentos de la ficción.
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