La loca de los gatos: brujas, misoginia y el miedo a lo indomesticable

¡Hola, hermanas del Círculo!

Hay algo que siempre me ha llamado la atención: la obsesión cultural con las mujeres y los gatos.

Porque fijaos qué curioso: nunca se ridiculiza igual a un hombre que vive solo con un perro. Nadie convierte al “señor del perro” en símbolo de fracaso afectivo, desequilibrio emocional o soledad patética. En cambio, las mujeres con gatos sí aparecen constantemente como caricatura social: la loca de los gatos, la solterona amarga, la feminista histérica, la mujer “que ha fracasado” en el mercado heterosexual.

Y cuanto más lo piensas, más evidente resulta que esto nunca ha ido realmente sobre los gatos, sino sobre las mujeres. Sobre qué mujeres resultan cómodas para el patriarcado y cuáles le resultan  sospechosas.

La relación simbólica entre mujeres y gatos tiene siglos de historia, y entenderla implica hablar de misoginia, domesticación, brujería, autonomía y miedo cultural a las mujeres que no son fácilmente controlables.

Los gatos no son animales neutrales

A diferencia de los perros (históricamente asociados a la obediencia, la lealtad y la utilidad) los gatos ha ocupado un lugar muchísimo más ambiguo dentro de la cultura occidental.

Los gatos no obedece porque sí, no viven para agradar (aunque lo hacen), no responden a la autoridad jerárquica del mismo modo y no necesitan aprobación constante. Los gatos ponen límites, van y vienen cuando quieren. Nos muestran su amor y su afecto siempre, pero no su sumisión. Y precisamente por eso se convirtió en un animal profundamente sospechoso para sociedades obsesionadas con el control.

La historiadora Silvia Federici explica cómo durante la caza de brujas el patriarcado europeo persiguió especialmente a mujeres que escapaban de las estructuras tradicionales de control masculino: viudas, curanderas, sabias, mujeres mayores, pobres, solteras o simplemente mujeres consideradas demasiado independientes. Y alrededor de esas mujeres aparece constantemente la figura del gato. No porque hubiera nada “mágico” en el animal, sino porque tanto las mujeres acusadas de brujería como los gatos compartían algo intolerable para el poder: eran difíciles de domesticar.

Brujas, gatos y mujeres peligrosas

Durante siglos se construyó una asociación cultural clara: Mujer sola + gato + naturaleza + autonomía = amenaza.

Las brujas daban miedo porque representaban una mujer fuera del control masculino: una mujer que no estaba subordinada ni económica, ni sexual, ni reproductivamente a un hombre. Y el gato terminó funcionando como extensión simbólica de eso mismo.

De hecho, durante mucho tiempo, en Europa los gatos (especialmente los negros) fueron perseguidos, asesinados y asociados al demonio. Igual que las mujeres consideradas “desviadas” del orden patriarcal.

La antropóloga Barbara G. Walker analiza precisamente cómo muchos símbolos asociados a lo femenino y lo pagano fueron demonizados por el cristianismo patriarcal. Y los gatos aparecen constantemente dentro de esa construcción cultural. Era una cuestión política.

La loca de los gatos

Aunque hoy no ahorcan ni queman mujeres en plazas públicas (no literalmente, al menos), esa lógica cultural sigue bastante viva. No hay más que tener en cuenta que Andrés Roché asesinó en plena calle a su expareja. 

Pero, además, esa lógica toma distintas formas, algunas aparentemente humorísticas: La loca de los gatos, la solterona que vive con veinte gatos, la feminista amargada que no quiso cambiar, la mujer que si sigue así acabará sola... Todo ese discurso funciona como advertencia social. 

Cuando alguien le dice a una mujer: Vas a acabar sola con 20 gatos”, lo que realmente está diciendo es: Si no eliges la pareja heterosexual como centro de tu vida, serás castigada.” La amenaza nunca son los gatos, ¿cómo podrían serlo si son animales fascinantes y maravillosos? La amenaza es la autonomía de las mujeres.

Cuanto más visibles son las mujeres que deciden vivir solas, no casarse, no tener hijes o descentralizar a los hombres de sus vidas, más reaparece esta caricatura cultural. 

¿Qué pasa con los perros?

Los perros (los amo a todos) representan el modelo relacional que el patriarcado considera positivo: obediencia, jerarquía, lealtad incondicional, dependencia emocional y utilidad.

Los gatos, en cambio, representa exactamente lo contrario: autonomía, límites,
independencia, afecto no subordinado y presencia no servil. 
Y claro, eso incomoda muchísimo dentro de una cultura que históricamente ha esperado que las mujeres sean precisamente lo contrario de un gato: siempre disponibles, complacientes, accesibles, obedientes y domesticables.

Por eso hay discursos sobre los gatos que, sinceramente, parecen escritos exactamente igual que muchos discursos misóginos sobre las mujeres: "Es que los gatos son fríos, es que son animales interesados, no obedecen, solo te buscan si quieren algo". ¿Os suena?

El odio a los gatos y el odio a las mujeres

Obviamente no estoy diciendo que a quien no le gusten los gatos sea misógino automáticamente. Hay gente a la que simplemente no le gustan los animales y ya está. Lo que señalo es cómo culturalmente el desprecio hacia los gatos comparte muchísimos mecanismos simbólicos con la misoginia.

El problema nunca ha sido que el gato sea agresivo, peligroso o dañino. Porque no lo es. El problema es que no es fácilmente controlable y eso mismo lleva siglos ocurriendo con las mujeres. Las mujeres “correctas” dentro del patriarcado son las mujeres dóciles, disponibles y adaptables. Las mujeres que ponen límites, priorizan su autonomía o no organizan su vida alrededor de los hombres suelen recibir exactamente el mismo tratamiento simbólico que los gatos: desconfianza, hostilidad y estigmatización.

La escritora Colette, que amaba a los gatos y a las mujeres libres, escribía sobre ellos casi como si hablara de una forma distinta de habitar el mundo: más intuitiva, más autónoma, menos disciplinada. Y creo que ahí está una de las claves.

Igual por eso tantas mujeres conectan emocionalmente con los gatos. Porque en una sociedad que nos educa para cuidar constantemente de otras personas, vivir para agradar y sostener emocionalmente a todo el mundo, el gato representa otra lógica relacional posible. Una basada en el consentimiento, en el respeto a los límites, en la coexistencia sin subordinación y en el amor sin obediencia. Y esto es francamente liberador, sobre todo en un momento histórico donde cada vez más mujeres están cuestionando la centralidad de la pareja heterosexual, reorganizando sus prioridades afectivas y construyendo redes de cuidado distintas.

Los gatos aparecen ahí como compañeros simbólicos de esa autonomía.

Entonces, ¿de qué se ríen realmente?

Cuando alguien se burla de una mujer por vivir con gatos, de lo que se está riendo es de una mujer que no necesita validación masculina para construir una vida significativa, lo cual genera muchísima incomodidad. Ese supuesto humor, en realidad, no es más que el miedo de los hombres a que las mujeres no les necesitemos y no les queramos a ellos.

El patriarcado y sus secuaces prefieren mujeres infelices emparejadas con hombres que a mujeres felices solteras (con gatos). Por eso la caricatura de “la loca de los gatos” funciona como mecanismo disciplinador: ridiculiza la autonomía de las mujeres para que la dependencia siga pareciendo más deseable que la libertad.

Pero sinceramente: si la alternativa a esa supuesta “soledad” es vivir agotadas sosteniendo hombres emocionalmente funcionales a costa de nuestra salud mental… lo mismo los gatos no son el insulto que creen ;)

Y honestamente, hermanas, he visto casas con gatos muchísimo más cálidas, pacíficas y amorosas que muchísimas relaciones heterosexuales.

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