Los refugios de la gente rara

¡Hola, hermanas del Círculo!

Hace unos años, durante la ceremonia en la que The Cure entró en el Rock & Roll Hall of Fame, Trent Reznor recordó la primera vez que escuchó a la banda.

Contó que había crecido en un pequeño pueblo de Pensilvania, sintiéndose raro, aislado y convencido de que no encajaba en ninguna parte. Hasta que una noche captó una señal de televisión y vio actuar a una banda británica con el pelo alborotado, maquillaje corrido y canciones extrañas, oscuras y hermosas.

Y entonces ocurrió algo. Por primera vez sintió que estaba conectado con algo. Que ya no estaba tan solo en el mundo.

Mientras escuchaba aquel discurso tuve la sensación de que estaba describiendo algo que muchas personas hemos experimentado alguna vez. No exactamente la soledad, sino algo un poco más difícil de explicar: la sensación de ser rara. 

No rara en el sentido de especial, ni de extraordinaria, ni mejor que nadie. Rara en el sentido de mirar alrededor y comprobar que las cosas que te emocionan, te obsesionan o te interesan parecen no importarle a nadie más de tu entorno cercano.

La sensación de ser rara

Durante muchos años muchas personas compartíamos esa sensación. Yo no era la única persona con mis intereses y mi forma de pensar, claro. Pero en mi entorno más cercano muchas veces parecía que sí. Tampoco encontraba fácilmente a personas interesadas en los mismos libros, películas o formas de entender el mundo que a mí me fascinaban. Creo que eso le ocurre a muchísima gente.

Hay personas que crecen sintiéndose raras porque son las únicas lectoras empedernidas de su clase. O porque les apasiona una música que nadie más escucha. O porque viven en un entorno donde nadie comparte sus inquietudes políticas. O porque son feministas en espacios profundamente misóginos. O porque pertenecen al colectivo LGTBIQ+ en un pueblo donde nunca han conocido a nadie como ellas.

Las circunstancias son distintas y las consecuencias también. Pero todas esas experiencias tienen algo en común: la necesidad de encontrar a alguien que hable tu mismo idioma emocional, la necesidad de descubrir que no eres la única. Existen otras personas que entienden las referencias que haces, que se emocionan con las mismas cosas, que comparten algunas de tus preguntas, que tienen el mismo hiperfoco o que simplemente miran el mundo desde un lugar parecido al tuyo.

Los refugios que nos encuentran

Por eso los refugios son tan importantes. A veces son lugares físicos: una librería, un bar, un centro social, una tienda de discos (¿eso aún existe?), un club de lectura o un concierto. 

Otras veces son espacios culturales: Una novela, una autora, una película, una canción, un disco que escuchas una y otra vez porque parece haber sido escrito exactamente para ti. 

Creo que por eso sigo defendiendo que la cultura importa mucho más de lo que solemos admitir. No solo está ahí para entretener, sino que construye refugios, nos ayuda a conocernos, nos ofrece palabras para cosas que no sabíamos nombrar. Y, en ocasiones, nos presenta a personas que ni siquiera conocemos pero que consiguen hacernos sentir acompañadas.

Creo que eso fue exactamente lo que describía Trent Reznor cuando habló de The Cure. No estaba hablando únicamente de música, sino que hablaba de reconocimiento y de la experiencia humana de descubrir que alguien, en algún lugar, entiende algo que tú llevabas años sintiendo.

Internet también fue un refugio

Desde hace algunas décadas, muchas veces esos refugios también han sido internet. Sé que no está especialmente de moda decir algo positivo sobre las redes sociales y sé perfectamente por qué. No podemos obviar que los algoritmos nos manipulan, las plataformas comercian con nuestra atención y nuestros datos, la publicidad lo invade todo, la machosfera se potencia, crece y se perpetúa en ellas... Todo eso está ahí.

Pero también es cierto que internet ha permitido algo extraordinario: conectar a personas que de otro modo jamás se habrían encontrado. Pienso muchas veces en quienes crecieron en pueblos pequeños sintiéndose completamente solas antes de la era de Internet. En quienes nunca habían conocido a otra persona como ellas, que llegaron a pensar que eran las únicas.

Y también pienso en todas esas personas que descubrieron que había más gente obsesionada con los mismos libros, las mismas películas, la misma música, los mismos kinks o las mismas preguntas que ellas. Encontrar a tu gente cambia cosas. Posiblemente no transforma toda tu vida ni te resuelve todos los problemas, pero reduce muchísimo la sensación de extrañeza. Te permite dejar de preguntarte constantemente qué hay de raro en ti y empezar a preguntarte algo mucho más interesante: ¿Y si no era yo el problema?

¿Qué pasa cuando desaparecen los refugios?

Me preocupa un poco que muchos de esos refugios parecen estar desapareciendo. Las tiendas de discos han cerrado. Las librerías independientes sobreviven como pueden. Los bares que funcionaban como puntos de encuentro cierran o se transforman en otra cosa por culpa de la gentrificación. Los foros donde se reunían personas con intereses compartidos han sido sustituidos por plataformas gobernadas por algoritmos y por nazis. 

Las redes sociales que en su día ayudaron a construir comunidades cada vez se parecen más a centros comerciales infinitos donde todo compite por captar nuestra atención. Instagram, por ejemplo, es una sucesión de anuncios insufrible.

No estoy diciendo que cualquier tiempo pasado fuera mejor, pero sí me pregunto si estamos perdiendo espacios donde encontrarnos, donde la lógica principal no sea vendernos algo, donde una persona pueda llegar sintiéndose rara y salir con la sensación de haber encontrado a su gente.

Y es que los refugios nunca han sido únicamente lugares, sino relaciones, conversaciones, comunidades... La certeza de que existen otras personas que comparten una parte de quién eres. 

Seguir buscando a tu tribu

Quizá por eso me emocionó tanto aquel discurso de Trent Reznor. En el fondo hablaba de algo muy sencillo:  De cómo una canción puede cambiar la forma en que una persona se relaciona con el mundo. De cómo descubrir una comunidad puede aliviar años de aislamiento. De cómo encontrar a tu gente puede hacerte sentir menos extraña. 

Y creo que esa sigue siendo una de las tareas más importantes de cualquier cultura que merezca la pena: Crear espacios donde las personas puedan reconocerse, construir refugios, recordarnos que no estamos solas.

Porque al final, muchas buscamos no sentirnos tan aisladas y descubrir que, en algún lugar, hay otras personas raras exactamente igual que nosotras.

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