Los libros que nos construyen antes de saber quiénes somos

¡Hola, hermanas del Círculo!

Solemos pensar que los libros importantes son los mejores que hemos leído. Yo cada vez creo menos en eso. Los libros que de verdad nos cambian suelen llegar cuando todavía no sabemos quiénes somos. Y quizá por eso nunca dejamos de leerlos del todo.

Hace poco alguien me preguntó cuáles eran mis libros favoritos de la infancia. La pregunta parece sencilla, pero llevo días dándole vueltas porque enseguida me vinieron varios títulos a la cabeza y, sin embargo, no creo que fueran necesariamente los mejores libros, pero sí los que retengo en la memoria.

Recuerdo escenas, personajes, atmósferas y emociones con una claridad sorprendente. Han pasado más de cuarenta años desde que leí algunos de ellos. Son libros que leí y releí decenas de veces, pero sobre todo fueron libros que me construyeron.

Yo tuve mucha suerte. De pequeña pasé bastante tiempo enferma. Eso significó muchas horas en casa, muchas horas en la cama y muchísimo tiempo leyendo. Además, existía una tradición familiar que hoy agradezco muchísimo. Cada cumpleaños y cada Navidad me regalaban un juguete y un libro. El juguete podía ser cualquiera; el libro tenía que elegirlo yo.

Sin saberlo, estaban regalándome algo mucho más importante que un montón de novelas infantiles. Me estaban enseñando a elegir qué quería leer.

Los libros que me enseñaron que la imaginación no tenía límites 

Antes de descubrir la literatura adulta, yo ya vivía dentro de mundos inventados. Leí muchísimas veces La historia interminable, de Michael Ende. Aquel libro me enseñó que una novela podía contener infinitos mundos y que la imaginación no era solo una forma de escapar de la realidad, sino otra manera de comprenderla.

También me fascinó la saga de La Gran Alta, de Jane Yolen (Hermana luz, hermana sombra y las novelas que la continuaban). Aquellas historias mezclaban fantasía, mitología y heroínas de una manera muy distinta a la que encontraba en otros libros infantiles.

Mirándolo ahora, creo que allí empezó mi fascinación por los mundos antiguos, los símbolos y las historias que parecen leyendas.

Los libros que me enseñaron que el misterio es hermoso

Si tuviera que elegir una autora que marcó mi infancia sería, posiblemente, Maria Gripe.

Leí Agnes Cecilia, Los hijos del vidriero y la trilogía de La sombras. No sabría explicar exactamente qué tenían aquellas novelas porque eran difíciles de clasificar incluso entonces. Había fantasmas y misterios, pero sobre todo recuerdo su atmósfera melancólica.

Nunca daban la impresión de que el mundo fuera completamente explicable. Siempre existía algo escondido detrás de la realidad cotidiana. Algo antiguo, triste y hermoso.

Creo que ahí nació buena parte de mi fascinación por las historias donde lo sobrenatural no sirve para asustar, sino para hablar de la memoria, de la pérdida o de las personas que seguimos llevando dentro incluso cuando ya no están.

Los libros que me enseñaron que la naturaleza también cuenta historias

Otro de esos libros que desgasté de tanto releer fue El secreto de la arboleda, de Fernando Lalana.

Lo leí una y otra vez entre los siete y los nueve años. Sobre todo durante los veranos porque la historia también transcurría en esa época del año.

Después de tanto tiempo probablemente muchos detalles se me escapan, pero recuerdo las sensaciones que me transmitía. Los bosques no eran simplemente un escenario, sin lugares vivos, llenos de secretos. Había árboles antiguos, hadas y rincones donde parecía que el tiempo corría de otra manera.

Creo que ahí empezó una manera de mirar que todavía sigue conmigo. Muchísimo antes de interesarme por la literatura cottagecore y el simbolismo de la naturaleza, aquellos bosques ya me enseñaban que un paisaje nunca es sólo un paisaje.

A veces creemos que nuestros intereses aparecen de adultas, y yo cada vez sospecho más que simplemente vuelven desde la infancia.

Los libros que me enseñaron que las personas raras también podían ser protagonistas

Durante aquellos años también me obsesionaron personajes que no terminaban de encajar: Las niñas extrañas, los adolescentes solitarios, las personas que parecían vivir un poco al margen del resto del mundo.

Pienso en Gran lobo salvaje, de René Escudié. Pienso también en De profesión, fantasma, de Hubert Monteilhet. Eran dos libros infantiles completamente distintos, pero ambos compartían algo: sus protagonistas sobrevivían como podían en un mundo que parecía no haber sido construido para ellos.

Eran historias donde lo diferente no era un defecto que hubiera que corregir, sino otra forma de existir. 

Cuarenta años antes de escribir mi entrada sobre las personas raras y sus refugios, aquellos personajes ya me estaban diciendo que había alguien como yo ahí fuera.

Los libros que me enseñaron el placer de seguir una serie

También hubo colecciones enteras que me acompañaron durante años. Devoré los libros de Pakto Secreto, de Stefan Wolf. Me encantaba reencontrarme una y otra vez con los mismos personajes, sentir que volvía a un lugar conocido cada vez que abría un nuevo volumen.

Algo parecido me ocurrió con Las hermanas Danny, de Carolyn Keene. Aquellas novelas mezclaban misterio, aventuras y protagonistas independientes mucho antes de que yo supiera ponerle nombre a todo eso.

Hoy pienso que ahí aprendí algo que solemos buscar en las series, las sagas y las novelas largas: el placer de convivir durante mucho tiempo con unos personajes que terminan pareciendo casi de la familia.

Los libros que me enseñaron que crecer duele

Después llegaron El último verano Miwok y La balada del siglo XXI de Jordi Sierra i Fabra y, por supuesto, Rebeldes y La ley de la calle de Susan E. Hinton.

Creo que ahí descubrí una idea que sigue apareciendo en algunas de las historias que más me gustan: Crecer duele. La adolescencia nunca es una etapa especialmente bonita. También es injusticia, violencia, conciencia de clase y familias rotas. También son personas intentando descubrir quiénes son mientras el mundo les exige que ya lo sepan.

Muchísimo antes de leer a Shirley Jackson, Donna Tartt o Anne Rice, ya me emocionaban personajes atravesados por la pérdida, el conflicto o la sensación de no pertenecer del todo.


Nunca dejamos de leer los libros de nuestra infancia

Creo que recordamos los libros que nos construyeron porque seguimos intentando explicar quiénes somos. No creo que todos los libros tengan ese poder; la mayoría nos entretienen durante unos días y luego desaparecen. Pero algunos llegan justo cuando todavía estamos aprendiendo cómo funciona el mundo. Y entonces se quedan.  Aunque no sean perfectos, llegan en el momento exacto.

Creía que iba a escribir sobre mis lecturas de infancia y he acabado escribiendo, sin querer, sobre este blog. Porque todas las cosas sobre las que escribo hoy ya estaban allí: las casas que guardan memoria, la naturaleza como refugio, las personas que viven en los márgenes, las mujeres silenciadas, los lugares donde todavía habita el pasado. Quizá no elegimos nuestros temas. Quizá ellos nos eligen muy pronto y pasan años esperándonos hasta que encontramos las palabras para escribir sobre ellos.

Por eso me resulta difícil separar a la adulta que soy de aquella niña que pasaba tantas horas leyendo en la cama. La que se levantaba media hora antes para leer en la cocina antes de ir al colegio. La que esperaba con ilusión los cumpleaños porque sabía que tendría que elegir un libro nuevo. 

Quizá nunca dejamos de leer los libros de nuestra infancia. Lo único que cambia es que, con los años, empezamos a descubrir que también ellos nos estaban leyendo a nosotras.

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