Charlotte Brontë: Quién decidió cómo debíamos recordar a Emily y Anne

¡Hola, hermanas del Círculo!

Las Brontë suelen venderse como un bloque compacto: Tres hermanas geniales, pobres, aisladas en los páramos, escribiendo a contracorriente y contra el mundo. Una imagen romántica, poderosa… y terriblemente simplificadora.

Porque cuando una se acerca un poco más, cuando rasca bajo la pátina del mito, aparecen tensiones incómodas, silencios interesados y decisiones que no encajan bien con la idea de “hermandad literaria”.

Hoy quiero hablar de Charlotte Brontë. No para negarle su talento ni su lugar en la historia de la literatura, sino para cuestionar algo que se repite demasiado a menudo: la idea de que actuó como guardiana amorosa de la obra de Emily y Anne tras su muerte. Spoiler: no siempre protegió. Controló y borró.

El mito de la hermana mayor responsable

Durante años se ha repetido que Charlotte fue la última superviviente y que, gracias a ella, conocemos hoy la obra de sus hermanas. Y en parte es cierto. Pero ese relato suele obviar cómo decidió Charlotte qué debía sobrevivir y qué no.

Tras la muerte de Emily y Anne, Charlotte tomó el control absoluto del legado familiar. Y lo hizo desde una posición muy concreta: la de una mujer profundamente preocupada por la respetabilidad, la moral victoriana y la aceptación social.

Ese punto de partida condicionó todas sus decisiones posteriores.

Emily Brontë era de todo menos simple

Veamos ejemplos concretos.

Charlotte reescribió, omitió y modificó poemas de Emily en ediciones póstumas. Además, añadió una nota biográfica en Cumbres Borrascosas donde describía a su hermana como una chica inculta de campo”, casi salvaje, “más simple que un niño”.

Esa imagen resulta difícil de sostener si atendemos a la propia obra de Emily y a lo que sabemos sobre su formación.

Emily Brontë fue una autora compleja: estudió francés, alemán, latín, literatura y piano, llegando a ser profesora de música durante un corto periodo de tiempo. Además tenía una cosmovisión radicalmente distinta a la moral victoriana dominante. Su obra es incómoda, violenta, amoral en el mejor sentido del término. Precisamente por eso sigue viva.

Reducirla a una campesina ingenua no fue un gesto inocente: fue una operación de domesticación simbólica. Convertir a Emily en “rara pero inofensiva” permitía neutralizar el potencial subversivo de su escritura.

Presentarla principalmente como una mujer casi salvaje tenía un efecto muy concreto: invitaba a leer Cumbres borrascosas como el producto de una personalidad excepcional y no como el resultado de una autora plenamente consciente de las implicaciones de su escritura.

Por cierto, existe una carta de Emily a sus editores que no es clara al respecto, pero de ella podría concluirse que estaba trabajando en una segunda novela. Nunca sabremos qué ocurrió con ese proyecto. ¿La mano de Charlotte?

Anne Brontë: el borrado más silencioso

El caso de Anne es todavía más sangrante.

Tras el fallecimiento de  la pequeña de las Brontë, Charlotte se negó a reeditar La inquilina de Wildfell Hall, una novela brutalmente moderna que aborda el alcoholismo, la violencia machista y el derecho de las mujeres a abandonar a sus maridos. 

Charlotte llegó a escribir que Anne se había “equivocado” eligiendo esa temática. Traducido: había ido demasiado lejos para la moral victoriana.

El resultado fue claro: Anne quedó relegada durante décadas a un segundo plano, presentada como la “menos brillante” de las Brontë, cuando en realidad fue la más explícitamente adelantada a su tiempo y socialmente crítica.

Lo paradójico es que precisamente aquello que Charlotte consideraba un error es lo que hoy convierte la novela en una de las obras más modernas del siglo XIX. Anne fue una de las primeras escritoras en mostrar que una mujer podía abandonar a un marido maltratador y reclamar una vida propia sin convertir esa decisión en un castigo moral.

Moral victoriana, respeto burgués y patriarcado

¿Por qué hizo Charlotte todo esto?

No por maldad caricaturesca, sino por algo mucho más estructural: el miedo a salirse del marco.

Charlotte aspiraba a rehabilitar el apellido Brontë, a hacerlo aceptable para la sociedad británica. Para ello, necesitaba sacrificar las partes incómodas del legado familiar. Aquí es donde el asunto deja de ser literario para volverse político.

El patriarcado no siempre actúa con violencia directa. A veces opera mediante mujeres que, para sobrevivir o prosperar, reproducen sus lógicas: control, censura, castigo a la desviación. Como dijo Simone de Beauvoir, "el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos".

Curiosamente, Charlotte jamás se planteó publicar la extensa obra poética de su hermano Branwell: alcohólico, adicto al opio, endeudado y envuelto en escándalos sentimentales. A él se le dejó caer sin problema. No había que proteger su reputación porque ya estaba perdida mientras vivió.

La preocupación por el “honor familiar” se activó solo cuando las obras de Emily y Anne cuestionaron el orden moral y Charlotte tuvo el control.

Este no es un texto para demonizar a Charlotte Brontë, sino para desromantizarla.

Charlotte fue una mujer talentosa. También fue una mujer profundamente conservadora (como su padre Patrick), atravesada por su tiempo, por la moral victoriana y por el deseo irracional de encajar. Y en ese proceso eligió disciplinar la memoria de sus hermanas. 

Este no es un caso aislado. La historia cultural está llena de mujeres que han vigilado a otras mujeres para hacerlas aceptables, porque el sistema premia a quienes mantienen el orden.

Resulta tentador convertir a Charlotte en la villana de esta historia, pero creo que sería un error. Ella también vivía dentro del mismo sistema que condicionó la vida de Emily y Anne. También sabía lo que significaba ser una mujer que escribía en la Inglaterra victoriana. Precisamente por eso resulta tan interesante preguntarse hasta qué punto intentó proteger el apellido Brontë, adaptándolo a aquello que la sociedad estaba dispuesta a aceptar.

Hace unos días publiqué una entrada sobre las grandes casas de la literatura y allí hablaba de Thornfield Hall como una casa construida alrededor de un secreto. Mientras escribía, me di cuenta de que la propia historia de las Brontë también escondía un conflicto mucho menos conocido.

Durante gran parte de Jane Eyre, la protagonista convive con una presencia que nadie quiere nombrar. No es casualidad que el gran secreto de la casa sea una mujer encerrada en el piso superior. Mucho antes de que Sandra Gilbert y Susan Gubar escribieran La loca del desván, Charlotte ya había construido una imagen que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos del feminismo literario.

Lo que incomoda se borra

Emily y Anne Brontë no eran cómodas. Igual que ocurría con muchas de las casas encantadas de la literatura, aquello que resultaba incómodo terminó encerrándose, reinterpretándose o directamente ocultándose. Ellas no escribían para tranquilizar. No ofrecían redención fácil ni finales moralizantes. Por eso su legado fue filtrado.

Leer hoy estas tensiones no es un ejercicio de revisionismo caprichoso. Es una forma de preguntarnos quién decide qué mujeres entran en el canon, qué precio se paga por ser demasiado honesta y cuántas obras de mujeres se quedaron fuera por no encajar.

Porque la historia de la literatura no es solo una historia de genios, sino de borradosY quizá lo más revelador es que la historia volvió a repetirse inmediatamente después. Cuando Charlotte murió, fue su propio padre, Patrick Brontë, quien decidió qué versión de ella debía llegar al público. 

Encargó a Elizabeth Gaskell una biografía totalmente edulcorada donde desaparecían los aspectos más incómodos de su vida, entre ellos el profundo enamoramiento que Charlotte sintió por Constantin Héger durante su estancia en Bruselas y las apasionadas cartas que le escribió, pese a que él estaba casado y ella conocía perfectamente a su esposa. Una vez más, la imagen pública y la aceptación social pesaron más que la complejidad de una mujer real.

Resulta difícil encontrar una imagen más clara de cómo funciona la memoria: Charlotte moldeó el recuerdo de Emily y Anne, y después Patrick moldeó el suyo.

Un cierre con más preguntas que respuestas

Creo que es necesario leer a las Brontë sin pedestales, sin mitos y sin necesidad de proteger a nadie. De aceptar que incluso entre mujeres hay poder, control y renuncias en esta sociedad patriarcal.

¿Los clásicos son clásicos porque han sobrevivido a la prueba del tiempo? ¿A cuántas autoras seguimos leyendo hoy a través del filtro de quienes quienes decidían cuál era el estándar? ¿Qué pasaría si empezáramos a buscar, conscientemente, lo que se intentó silenciar?

¿Cuántas escritoras seguimos leyendo tal y como fueron y cuántas llegan hasta nosotras después de haber sido corregidas, suavizadas o convertidas en versiones más aceptables de sí mismas? 

Quizá el problema nunca fue que Charlotte quisiera proteger la buena reputación de la estirpe Brontë. El problema fue decidir qué versión de Emily y Anne merecía ser recordada. Porque toda memoria implica una elección. También la memoria literaria.

Después de escribir sobre casas, refugios, memoria y literatura, empiezo a pensar que los libros también tienen habitaciones cerradas. Espacios donde generaciones enteras decidieron guardar aquello que preferían no enseñar. Leer hoy a las Brontë quizá consista precisamente en eso: abrir algunas de esas puertas y preguntarnos qué sigue esperando al otro lado.

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