Buscando Ítaca: Por qué La Odisea sigue hablándonos tres mil años después

Ella te ha dado el prodigioso viaje.

Sin la isla jamás habrías partido.

¿Ya qué más puede darte?

Y si pobre la encuentras , no habrá engaño.

Sabio, como ya eres con tu experiencia,

para entonces sabrás qué significa Ítaca.

Konstantinos Kavafis, fragmento de Ítaca (1911). Traducción de José Emilio Pacheco


¡Hola, hermanas del Círculo!

¿Por qué La Odisea sigue emocionándonos casi tres mil años después de que Homero la escribiera? ¿Por qué seguimos utilizando Ítaca para hablar de nuestra propia vida? En estos días, con motivo de la nueva adaptación cinematográfica, he vuelto pensar en ello. 

Por qué artistas tan distintos como Kavafis, Lluís Llach, Margaret Atwood, Serrat o Robe regresaron una y otra vez al mismo viaje.

Y entonces entendí que La Odisea nunca trató realmente sobre monstruos, sino sobre quiénes somos al volver a casa.

El viaje nunca fue lo más importante

Durante siglos nos han contado La Odisea como la historia de un héroe extraordinario que consigue regresar después de superar pruebas imposibles. Pero, cuanto más mayor me hago, menos me interesa esa lectura.

Con los años he dejado de pensar que el verdadero conflicto de La Odisea fuera derrotar al cíclope, no sucumbir a las sirenas o engañar a los dioses, que es lo que normalmente recordamos del poema.

El verdadero conflicto consiste en descubrir qué ocurre cuando vuelves. Nadie regresa siendo la misma persona. Y, muchas veces, el lugar al que regresamos tampoco sigue siendo el mismo. Creo que por eso seguimos leyendo este poema, porque todas, tarde o temprano, descubrimos que volver nunca significa recuperar lo que dejamos.

Todas tenemos una Ítaca

Cuando decimos "quiero volver", casi nunca hablamos de un lugar, sino más bien de una versión de nosotras mismas. Puede que estemos refiriéndonos a una infancia, una amistad, una ciudad, un sentimiento, una relación o una época donde creíamos entender el mundo o donde fuimos felices.

Pensamos que existe un sitio capaz de devolvernos aquello que perdimos. Como si bastara con volver para recuperar también a la persona que fuimos.

Volvemos a la casa de nuestra infancia y las habitaciones parecen más pequeñas. Regresamos al colegio y descubrimos que el patio apenas ocupa unos metros. Visitamos el pueblo de nuestras abuelas y comprendemos que quienes lo hacían especial nunca fueron las calles, sino las personas.

Creo que todas llevamos una casa dentro. Las personas desaparecen, pero ciertos lugares siguen habitados por recuerdos. Creo que con Ítaca ocurre exactamente lo mismo. No regresamos porque esperemos encontrar el pasado intacto. Regresamos porque necesitamos comprobar qué parte de nosotras sigue viviendo allí.

Robe no cantaba sobre Homero

Hace unos días volvió a sonar en mi lista de reproducción Viajando por el interiorY, como a veces ocurre con Robe, apareció Odiseo. No es la única vez. También asoma en Buscando la luna, y en otras canciones donde el viaje deja de ser geográfico para convertirse en algo profundamente íntimo. Y entonces entendí por qué llevaba tantos años escuchando esas referencias sin darme cuenta de que todas apuntaban al mismo lugar.

Creo que ahí reside una de las razones por las que sus letras conectan con tanta gente. Robe utiliza a Odiseo como utiliza todos los grandes mitos: como símbolos. El viaje. Los monstruos. La luna. Perderse. Dejarse llevar por los instintos más primarios. Seguir caminando aunque uno no sepa exactamente hacia dónde. Y, sobre todo, regresar siendo otra persona.

En sus canciones nunca importa demasiado el destino. Importa que el camino nos ha transformado. Exactamente igual que en La Odisea.

La lectura actual de La Odisea

Cuando leemos el poema por primera vez solemos recordar al cíclope, las sirenas, Escila y Caribdis o los lotófagos. Sin embargo, con los años una empieza a entender que esos monstruos nunca fueron únicamente criaturas fantásticas. Representan tentaciones, miedos, violencia, olvido, soberbia, pérdida de rumbo... 

Cada generación encuentra sus propios cíclopes. Los nuestros ya no viven en cuevas. Se llaman agotamiento, individualismo, algoritmos, fascismo, discursos de odio, cinismo, la sensación constante de que nunca llegamos a ninguna parte. Por eso los clásicos sobreviven. Porque cambian con quienes los leen.

También cambia nuestra forma de mirar a los personajes. Durante siglos la historia giró exclusivamente alrededor del héroe. Hoy seguimos admirando su inteligencia, su capacidad para improvisar y su resistencia, pero también empezamos a hacernos otras preguntas. ¿Qué significó para Penélope esperar veinte años mientras todo un reino decidía sobre su futuro? No es casualidad que Margaret Atwood decidiera contar su historia. Si Homero nos enseñó cómo vive el héroe el regreso, Atwood se preguntó qué significa quedarse esperando. 

¿Qué supuso para Telémaco crecer sin padre? ¿Y qué ocurrió con las esclavas ejecutadas por orden de Odiseo al final del poema? 

Hoy resulta difícil leer ese episodio sin preguntarnos quién paga realmente el precio de las gestas heroicas. No creo que eso empobrezca el clásico. Simplemente demuestra que los grandes libros nunca terminan de decirlo todo. Cada época descubre silencios que la anterior había aceptado como naturales.

Circe ofreciendo la copa a Odiseo, pintura de John William Waterhouse (1891)

Hay otro personaje que siempre me ha fascinado, y se trata de Circe. Creo que ha estas alturas no podemos hablar de La Odisea sin mencionarla.

Durante siglos fue presentada como la hechicera peligrosa que seduce a los hombres y los convierte en animales. El poema de Homero la representa como la mujer poderosa, la mujer independiente, la mujer que vive sola, la mujer cuyo conocimiento resulta sospechoso.

Es difícil no reconocer ahí uno de los arquetipos más antiguos del miedo patriarcal. No deja de resultar significativo que una mujer con conocimientos propios, autosuficiente y capaz de decidir sobre su propio espacio aparezca convertida en una amenaza. La figura de la bruja ha cargado con ese mismo miedo durante siglos. Por eso me parece tan interesante que Madeline Miller decidiera reescribir su historia.

En Circe, la hechicera deja de ser un obstáculo en el viaje del héroe para convertirse en la protagonista de su propia vida. La novela cambia completamente el punto de vista. Aquí nos preguntamos qué significó Odiseo para Circe. Y, de repente, comprendemos que muchas mujeres de los clásicos nunca fueron personajes secundarios. Simplemente nunca les permitieron contar su versión.

Creo que una de las mejores formas de mantener vivos los mitos consiste precisamente en eso: releerlos desde perspectivas nuevas para descubrir todo aquello que todavía seguían ocultando.

Seguimos regresando a Ítaca

Atwood y Miller nos mostraron las perspectivas ocultas. Kavafis convirtió Ítaca en una metáfora del viaje y de la transformación que este genera. Serrat la cantó como el lugar que da sentido al camino. Lluís Llach hizo de ella un horizonte colectivo. Y Robe la convirtió en una búsqueda interior.

Miles de lectoras seguimos regresando a Homero porque Ítaca nunca fue únicamente una isla. Es una idea: La esperanza de que exista algún lugar donde todo cobre sentido. Aunque sepamos que, cuando lleguemos, ese lugar ya habrá cambiado. O quizá quienes hayamos cambiado seamos nosotras.

Como decía antes: Todas llevamos una casa dentro. No necesariamente la casa donde vivimos ahora, sino aquella donde aprendimos quiénes éramos. La cocina donde discutían nuestros padres. La habitación donde pasamos una enfermedad. La cama donde murió alguien. El piso al que nunca podremos volver porque ya no existe igual que en nuestros recuerdos.

Creo que con Ítaca ocurre exactamente lo mismo. No es un lugar al que regresar. Es una versión de nosotras mismas que seguimos buscando muchos años después de haber salido de casa.

Creo que La Odisea nos sigue emocionando tres mil años después porque todas sabemos lo que significa intentar volver a un sitio que ya no existe. Igual seguimos regresando a Homero porque seguimos intentando comprender nuestro propio viaje. 

Ítaca nunca fue únicamente una isla. Es el nombre que damos a todos esos lugares —reales o imaginarios— donde creemos que encontraremos una versión de nosotras mismas. Y quizá la mayor enseñanza de La Odisea sea precisamente esa: que el camino nunca nos devuelve a casa. Nos enseña, poco a poco, qué significa realmente la palabra hogar.

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