Películas dark academia: ¿Qué buscamos realmente en esta estética?
¡Hola, hermanas del Círculo!
Hay una imagen que lleva ya muchos años repitiéndose por todas partes y en la que, muchas veces, me gustaría quedarme a vivir: Una biblioteca centenaria. Un bosque a través de los ventanales. Una taza de té humeante. Un libro lleno de anotaciones al margen. Alguien traduciendo latín bajo una lámpara de escritorio mientras suena música clásica.
Internet decidió llamar a todo eso dark academia.
Y durante mucho tiempo pensé que lo que me atraía era precisamente esa estética: las universidades antiguas, las chaquetas de tweed, los pasillos de piedra y las hojas secas cubriendo patios de colegios ingleses.
Pero cuanto más tiempo llevo leyendo, viendo cine y escribiendo este blog, más convencida estoy de que no es eso lo que realmente me fascina. Hace unas semanas, por ejemplo, escribía sobre los libros que construyeron mi infancia y me di cuenta de que aprender podía cambiar una vida. Creo que por eso el dark academia me resulta tan irresistible: Porque dice mucho menos sobre universidades elitistas que sobre el mundo en el que vivimos.
¿De dónde sale realmente el dark academia?
Aunque hoy parezca estar en todas partes, el dark academia es un fenómeno relativamente reciente. Empezó a tomar forma a finales de la década de 2010 en comunidades de internet, especialmente en Tumblr, y después se extendió por Instagram, Pinterest y otras redes sociales. Bibliotecas antiguas, universidades centenarias, libros clásicos, cuadernos llenos de anotaciones, música clásica, gabardinas y tardes de estudio fueron construyendo una estética fácilmente reconocible.
Durante la pandemia, esta estética terminó de explotar. Mientras estábamos encerradas en casa, muchas personas encontraron en la lectura, el estudio y la curiosidad intelectual una forma de refugio y una manera de dar cierta estructura a unos días en los que el tiempo parecía haberse detenido.
En esos mismos años se redescubrió con fuerza El secreto, la novela que Donna Tartt había publicado en 1992. Una universidad de élite, estudiantes de griego clásico, amistad, privilegio, obsesión intelectual y asesinato: pocas obras condensan tan bien las contradicciones que acabarían asociándose al imaginario dark academia.
Poco a poco, aquello dejó de ser solamente una estética para convertirse también en una forma de romantizar el acto de estudiar, leer, aprender y dedicar tiempo a pensar. Y creo que ahí está la clave de su éxito.
Porque no estoy segura de que quienes nos sentimos atraídas por el dark academia queramos realmente lo que aparece en esas fotografías. No quiero una universidad de élite. No quiero pertenecer a una familia rica inglesa ni formar parte de una sociedad secreta a la que solo puedan acceder determinadas personas. Tampoco quiero que mi apellido abra puertas que permanecen cerradas para otras.
Lo que quiero es lo que esas imágenes parecen prometer.
Quiero vivir en un mundo donde leer una novela de hace doscientos años no parezca una excentricidad clasista. Donde nadie pregunte para qué sirve pasar una tarde hablando de Virginia Woolf, Mary Shelley o Edgar Allan Poe. Donde aprender un idioma, estudiar historia, leer filosofía o conocer literatura no tenga que justificarse constantemente por su utilidad.
Quiero profesoras capaces de cambiarte la vida porque aman aquello que enseñan. Bibliotecas públicas llenas de libros y de gente. Espacios donde poder estudiar aunque no tengas dinero. Lugares donde cultivar la curiosidad no sea considerado una pérdida de tiempo.
No quiero el privilegio que representa el dark academia. Quiero el acceso al conocimiento que ese privilegio históricamente reservó para unas pocas personas.
Y quizá por eso esta estética resulta tan poderosa. No idealizamos necesariamente Oxford, sino un mundo en el que el conocimiento vuelva a importar.
Vivimos en una época que sospecha de la inteligenciaHay algo tremendamente paradójico en el éxito de esta estética: Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, pocas veces la cultura ha tenido que justificarse tanto.
Las humanidades llevan años escuchando que no sirven para nada. La investigación científica se cuestiona cada vez que incomoda determinados intereses políticos o económicos. Los algoritmos premian la reacción rápida antes que la reflexión. Las conversaciones largas han sido sustituidas por vídeos de treinta segundos. Y la ignorancia, en el ámbito de la derecha y la derecha extrema, ya ni siquiera avergüenza. A veces incluso se exhibe como una prueba de autenticidad, con orgullo.
Aprender nunca ha sido una actividad neutral. Siempre ha sido una forma de ampliar el mundo y de cuestionarlo. No se trata de que queramos memorizar declinaciones en latín, lo que muchas queremos es un lugar donde el conocimiento se valore.
Hace unas semanas escribía sobre por qué seguimos regresando a La Odisea tres mil años después. Entonces defendía que los clásicos sobreviven porque cada generación vuelve a hacerles preguntas distintas. Creo que con el dark academia ocurre algo parecido. No es que pensemos que el pasado fue mejor, es que seguimos buscando espacios donde el conocimiento, la conversación y la curiosidad ocupen un lugar importante y sean accesibles para todas.
Esos lugares nunca fueron para nosotras
Las universidades, internados y colegios que idealiza el dark academia son instituciones tremendamente clasistas. Durante siglos reservaron el conocimiento para una minoría masculina, blanca, adinerada y poderosa.
Mientras los hombres debatían sobre filosofía o literatura, las mujeres apenas podían acceder a la educación. Y cuando lo hacían, era bajo condiciones completamente distintas.
Resulta curioso que gran parte de quienes hoy consumen esta estética seamos precisamente personas que históricamente habríamos quedado fuera de esos espacios: Mujeres, del colectivo LGTBIQ+, de clase obrera o neuro divergentes que encontraron en los libros un lugar donde respirar.
Lo que realmente imaginamos es cómo habría sido un mundo donde el conocimiento hubiera pertenecido realmente a todas las personas.
El privilegio en el dark academia
Existe otro aspecto del dark academia del que se habla bastante menos y es el tiempo. Estudiar y leer exigen tiempo. Aprender idiomas exige tiempo. Poder pasarte una tarde entera escribiendo un ensayo exige tiempo. Y el tiempo también es una cuestión de clase.
Las películas nos muestran espacios espectaculares, cenas elegantes, edificios centenarios y jardines interminables. Lo que rara vez enseñan es el mecanismo que hace posible conservar todo eso: generaciones acumulando patrimonio mientras otras apenas consiguen llegar a fin de mes.
Esa tensión atraviesa prácticamente todas las películas que solemos asociar al dark academia. Algunas celebran el poder transformador del conocimiento; otras muestran cómo ese conocimiento también puede convertirse en una herramienta de exclusión.
Películas para entrar en el universo dark academia
📚 El conocimiento como libertad
bell hooks defendía que la educación podía convertirse en una práctica de libertad, un espacio donde imaginar vidas distintas a las que el sistema parecía reservarnos. En este sentido, hay películas que representan una versión más luminosa del dark academia.
El indomable Will Hunting
Quizá la película que mejor demuestra que la inteligencia nunca ha pertenecido exclusivamente a las élites.
Will posee un talento extraordinario, lo que no posee son las oportunidades, y eso cambia completamente la historia.
La sonrisa de Mona Lisa
Una profesora llega a una universidad para mujeres donde descubre que la educación sirve de poco si el destino de sus alumnas ya ha sido decidido de antemano.
El conocimiento no basta, también hace falta libertad.
La sociedad literaria y el pastel de patata
No pertenece al dark academia en sentido estricto, pero representa aquello que buscamos cuando pensamos en esta estética. Aquí no hay universidades prestigiosas, clases de latín ni bibliotecas monumentales. Hay personas que leen durante la ocupación nazi porque los libros les permiten seguir siendo humanas. La cultura deja de ser un adorno intelectual para convertirse en refugio, comunidad y resistencia.
El club de los poetas muertos
Más que una película sobre literatura, es una película sobre lo que ocurre cuando alguien te enseña que pensar por ti misma también puede ser un acto de rebeldía.
Tolkien
Este biopic funciona como una carta de amor a la amistad, la filología, los libros y la capacidad de la imaginación para construir mundos enteros.
🏛️ Conocimiento, privilegio y clase
El conocimiento también puede convertirse en un privilegio. Pierre Bourdieu explicó que la cultura nunca es neutral. El acceso a determinados libros, idiomas, universidades o formas de hablar también funciona como un capital que abre puertas y distingue unas clases sociales de otras.
Quizá por eso el dark academia resulta tan ambiguo: celebra el conocimiento, pero muchas veces sigue utilizando como símbolos aquellos espacios que históricamente sirvieron para distinguir unas clases sociales de otras.
Algunas películas utilizan el dark academia precisamente para desmontarlo.
Retorno a Brideshead
Pocas obras han retratado mejor la fascinación que ejerce la aristocracia británica sobre quienes quedan fuera de ella. Todo resulta bellísimo y profundamente decadente.
Saltburn
Emerald Fennell lleva esa idea hasta el extremo. Oliver no desea únicamente el dinero de los Catton. Desea pertenecer. Quiere entrar en un mundo donde el tiempo parece infinito y nadie tiene que preocuparse por pagar facturas.
Pero descubre que ese universo también está construido sobre el clasismo, la endogamia y una absoluta desconexión respecto al resto del mundo.
Saltburn no celebra a los ricos, se ríe de ellos.
🩸 Cuando el conocimiento se vuelve oscuro
No todo el dark academia es acogedor. También existe una vertiente mucho más oscura.
Kill Your Darlings
La creación artística aparece aquí ligada a la obsesión, la manipulación y la autodestrucción. El talento nunca resulta inocente.
Los crímenes de la academia
Edgar Allan Poe, una academia militar, el frío invierno, rituales, secretos y asesinatos.
Todo parece construido para recordar que el conocimiento también puede conducir hacia lugares muy oscuros.
Suspiria
Aunque suele clasificarse dentro del terror sobrenatural, la versión de Luca Guadagnino comparte muchas obsesiones con el dark academia contemporáneo: una institución cerrada, maestras carismáticas, disciplina artística extrema, tradición, poder femenino y conocimiento oculto transmitido de generación en generación.
Demuestra hasta qué punto esta estética ha terminado mezclándose con el terror y el folclore europeo.
¿Qué buscamos realmente en el dark academia?
Creo que el éxito del dark academia tiene menos que ver con las universidades inglesas de lo que pensamos. No buscamos tanto edificios de piedra, uniformes o clubes privados, sino una comunidad. Un lugar donde hacer preguntas siga siendo importante. Donde leer sea una actividad valiosa. Donde la curiosidad no tenga que justificarse constantemente. Donde una conversación sobre literatura pueda durar toda una tarde sin que nadie mire el reloj. La paradoja es que esa fantasía suele desarrollarse precisamente en espacios construidos para excluir a la mayoría.
Nuestro reto consiste en construir espacios distintos: más bibliotecas públicas, mejor financiadas y con buenos catálogos. Más educación pública. Más clubes de lectura. Más lugares donde cualquier persona pueda aprender, debatir, equivocarse y seguir haciendo preguntas.
Quizá por eso el dark academia sigue fascinando a tantas personas. Porque seguimos buscando lugares donde aprender cambie una vida. Lugares donde leer siga siendo una forma de libertad.
Y si el cine nos permite ver qué hay detrás de esta fascinación, la literatura lleva esa obsesión todavía más lejos. La semana que viene nos metemos de lleno en esas historias.
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