La disidencia autorizada o por qué el sistema quiere parecer revolucionario

¡Hola, hermanas del Círculo!

Hace unos días me encontré con un vídeo de Ane Lindane que me produjo una gran sensación de alivio. Y es que puso palabras a algo que llevo mucho tiempo sintiendo cada vez que determinadas figuras culturales son presentadas como revolucionarias, transformadoras o incluso antisistema. Esa sensación de estar viendo algo que todo el mundo aplaude mientras yo no puedo dejar de verle las costuras: el enorme departamento de marketing que hay detrás.

No estoy hablando solo de Bad Bunny. Hablo de algo más grande: de cómo el capitalismo ha aprendido a vendernos la rebeldía.

Rebeldía molesta, pero poco

Existe una idea muy extendida de que cualquier artista que hable de diversidad, feminismo, antirracismo o derechos LGTBIQ+ está automáticamente enfrentándose al sistema. Pero el capitalismo se apropia de las críticas que recibe, las vacía de contenido político y las devuelve al mercado convertidas en productos. Si algo nos enseña la historia es que el capitalismo tiene una capacidad extraordinaria para absorber aquello que parece desafiarlo.

Lo hizo con la contracultura de los años sesenta. Lo hizo con el punk. Lo hace con el feminismo y con la diversidad a través del pinkwashing y el purplewashing. La rebeldía vende. La diferencia vende. Incluso la apariencia de estar cuestionando el sistema vende.

El capitalismo lo convierte todo en producto, en marca, en merchandising, en una campaña publicitaria. Porque el sistema no necesita eliminar toda la disidencia, solo necesita domesticarla y transformarla en algo rentable. Y una vez es rentable, deja de ser peligrosa.

Por eso siempre me resulta curioso cuando se presenta a determinados artistas multimillonarios como figuras antisistema. No tengo nada personal contra Bad Bunny, ni contra Rosalía, por poner dos ejemplos recientes. Lo que digo es que una persona cuya música suena en la Super Bowl, que es imagen de Inditex, cuya imagen mueve millones de euros y cuya presencia es celebrada por grandes corporaciones no está operando fuera del sistema. Está operando exactamente en su centro.

La casita de Bad Bunny

Lo sorprendente de esta polémica es que la famosa casita no ha inventado absolutamente nada. Los conciertos llevan décadas funcionando con lógicas de acceso privilegiado: Existen palcos VIP para quienes pueden pagarlos, zonas exclusivas para personas famosas, invitaciones reservadas para determinadas élites económicas y, por supuesto, toda una larga tradición de backstage poblados por mujeres seleccionadas según criterios muy concretos de juventud, belleza y deseabilidad. Es decir, esta práctica es más vieja que la tos.

Lo novedoso no es la práctica. Lo novedoso es la narrativa que la envuelve.

Lo que antes era privilegio, exclusividad o espacios reservados para determinadas personas, ahora nos lo han querido vender con un halo de cercanía, autenticidad popular y participación colectiva, ya que conecta directamente con las casitas de las clases trabajadoras de Puerto Rico.  Una forma de acercar al artista a su público.

Pero, al mismo tiempo, aparecían allí personas pertenecientes a élites económicas e influencers. Y cuando surgieron críticas por el tipo de mujeres que accedían a ese espacio, la estrategia cambió. Creo que es importante que tengamos claro que el marketing actual ya no consiste únicamente en vender productos, sino en vender relatos. Y los relatos se adaptan cuando dejan de funcionar. 

Lo interesante, por tanto, no es quién entra en la casita. El problema no es Marta Ortega, ni las mujeres normativas o no normativas. El problema es la narrativa, la sensación de que estamos participando en algo popular y horizontal cuando en realidad seguimos dentro de un producto perfectamente diseñado. Lo interesante es cómo se construye alrededor una narrativa de cercanía, autenticidad y transgresión que acaba beneficiando a una marca multimillonaria. Porque Bad Bunny no es solo un músico, es una empresa. Y las empresas hacen marketing.

Rosalía y la identidad líquida

Con Rosalía ocurre algo que me resulta también muy interesante. Durante la etapa de El mal querer fue presentada como una figura vinculada al feminismo. Después llegó el momento del reguetón global y la estética cambió. Y el discurso también cambió.

Y, más recientemente con Lux, la artista se envuelve en imaginería católica, referencias religiosas y una construcción simbólica completamente distinta. Casualmente en una época del auge del conservadurismo y el fascismo. Casualmente. 

Nada de esto sería necesariamente un problema puesto que las artistas evolucionan, exploran y cambian. El problema aparece cuando esas transformaciones se presentan como profundas convicciones personales, pero ¿hasta qué punto estamos viendo una evolución artística y hasta qué punto estamos viendo una construcción de marca extraordinariamente sofisticada?

Todas recordamos aquella reciente ocasión en la que se negó a identificarse como feminista. Pero quizá el ejemplo más evidente fue cuando habló sobre Picasso. Cuando recibió críticas, rectificó y se disculpó y ahí sí, ella muy feminista y mucho feminista. 

De forma generalizada, aquella rectificación se interpretó como una reflexión sincera. Yo no lo vi así. Sobre todo porque hubo un detalle de su discurso que no me pasó desapercibido: se lamentó de hablar de hechos documentados desde el desconocimiento. ¿Desde cuando las feministas necesitamos que las agresiones estén documentadas para creer a las víctimas? Lo que yo vi fue una estrategia de gestión de reputación. Porque las marcas también pueden pedir perdón si les convieneY las celebridades contemporáneas son marcas.

Cuando la diversidad se convierte en estrategia comercial

Lo cierto es que el problema no son Bad Bunny o Rosalía, o determinados estilos de música, puesto que la misoginia -por ejemplo- la encontramos en todas partes. El problema es que hemos empezado a confundir representación con transformación, y no son lo mismo. Que una campaña publicitaria sea diversa no significa que sea emancipadora ni transformadora. Que una empresa coloque una bandera arcoíris en junio no significa que esté comprometida con los derechos LGTBIQ+. Que una celebridad se declare feminista no significa que esté cuestionando las estructuras que producen las desigualdades de género.

Muchas veces ocurre justamente lo contrario. El sistema incorpora determinados discursos porque ha descubierto que son rentables. Y una vez que son rentables dejan de amenazarlo.

La Movida madrileña: una vieja historia

Que esto no es nuevo, hermanas, que lleva pasando toda la vida. En España ya vivimos algo parecido con la Movida madrileña. 

¿Qué ha pasado con figuras referentes como Alaska, Ana Torroja o Nacho Cano? Durante décadas se nos vendió como un movimiento revolucionario, transgresor, rompedor y profundamente transformador. Sobre la Movida madrileña hemos recibido una historia muy concreta: Nos dijeron que era la vanguardia, la libertad y la ruptura con décadas de dictadura.

Sin embargo, con el paso del tiempo muchas de sus figuras más emblemáticas han dejado de fingir, mostrando posiciones extraordinariamente conservadoras. Aquellos mismos que nos vendía libertad y apertura hoy comparten espacio político, mediático y afectivo con lo más facha de este país. 

Esto igual debería hacernos reflexionar: No son personas que han cambiado. Es que nunca fueron aquello que nos contaron. Lo que se estaba promocionando no era una revolución cultural, sino una revolución perfectamente compatible con el poder existente. Lo suficientemente rebelde para parecer moderna y lo suficientemente inofensiva para no cuestionar nada sobre el régimen que estaba naciendo y que tenía más de lavado de cara superficial que de transformación democrática real. Una mentira más de la "modélica" transición española...

La crítica no es odio

Hay algo que Ane Lindane explica muy bien en el vídeo y que me gustaría mencionar, y es la idea de que criticar a una persona perteneciente a un colectivo implica automáticamente atacar a ese colectivo. 

Como bien señala, criticar a Bad Bunny o señalar que James Brown ejerció violencia contra las mujeres no es racismo. Ni recordar que Bob Marley mantuvo comportamientos profundamente misóginos hacia muchas mujeres tampoco lo es. Igual que criticar el sionismo no es ser antisemita.

Las identidades no convierten a nadie en inmune a la crítica. Y utilizar luchas como el feminismo, el antirracismo o los derechos LGTBIQ+ para blindar a personas poderosas y a megarricos frente a cualquier cuestionamiento es bastante miserable, porque convierte esas luchas en herramientas de relaciones públicas.

Lo que realmente vende el capitalismo

En definitiva, el capitalismo contemporáneo ha aprendido algo muy importante:  que necesita que seamos obedientes, que nos sintamos rebeldes mientras consumimos, que sintamos que estamos cambiando el mundo comprando una entrada, escuchando un disco o comprando una camiseta.

O identificándonos emocionalmente con una celebridad.

Una consumidora convencida de estar contribuyendo a la revolución es mucho más útil que una consumidora que sabe perfectamente que está consumiendo.

Por eso, lo que más me ha interesado del vídeo de Ane Lindane no es Bad Bunny, sino reconocer una sensación que llevaba tiempo acompañándome. La sensación de estar viendo cómo determinadas campañas de marketing se presentan como transformaciones políticas profundas y comprobar que muchas personas inteligentes aceptan ese relato sin cuestionarlo. Nos lo estamos comiendo con patatas y muy poco sentido crítico.

Las contradicciones solo nos gustan cuando son nuestras

Hay otra reacción que me ha llamado mucho la atención durante toda esta polémica. Muchas personas han respondido a las críticas diciendo que Bad Bunny tiene contradicciones, pero que precisamente eso es lo que le hace humano. Que nadie es perfecto. Que vivimos tiempos complejos. Que no hay nada más contemporáneo que la contradicción. 

Sinceramente, estoy bastante de acuerdo con una parte de esa idea. Claro que somos contradictorias. Claro que las personas tenemos incoherencias. Claro que nadie encarna perfectamente los valores que defiende. Yo también las tengo. Tú también las tienes. 

Lo que me resulta curioso es que esa comprensión hacia las contradicciones aparece justamente cuando hablamos de personas que nos gustan. Cuando el artista nos cae bien, sus contradicciones se vuelven humanas, complejas e interesantes. Cuando nos emociona su música, sus incoherencias pasan a ser matices. Cuando nos identificamos, de repente aparecen la empatía, el contexto y los grises.

Pero cuando la persona en cuestión nos cae mal, desaparece toda esa comprensión. Entonces ya no hablamos de contradicciones humanas sino de hipocresía, falsedad, postureo o manipulación. 

Y la realidad es que la mayoría de artistas que escuchamos son personas que viven en el privilegio. Muchas son multimillonarias. Muchas forman parte de industrias generadoras de desigualdades. Muchas sostienen discursos progresistas mientras participan de dinámicas económicas que contradicen esos mismos discursos. Y no pasa nada por reconocerlo.

De hecho, me parece más honesto asumirlo que buscar constantemente explicaciones para justificar aquello que haríamos pedazos si viniera de alguien a quien no admiramos.

Se puede disfrutar de la música de un artista y señalar que determinadas dinámicas de privilegio siguen existiendo en sus espectáculos. Se puede escuchar a determinada gente y preguntarse hasta qué punto ciertas decisiones responden a convicciones personales o a estrategias de marca. Se puede admirar una obra sin convertir a quien la produce en una figura intocable.

Seguir disfrutando sin dejar de pensar

Por lo tanto, nada de esto significa que no podamos disfrutar de Bad Bunny, de Rosalía, de Alaska y Mario, de Harry Styles o de Taylor Swift. O de cualquier artista. Todas accedemos a cultura producida dentro del capitalismo. ¡Es lo que hay! Precisamente por eso me parece importante conservar la capacidad de mirar las cosas con cierta distancia.

La cuestión no es "consumir o no consumir", sino hacerlo con la máxima conciencia posible, sabiendo que una cosa es disfrutar de una obra y otra es hacer la revolución feminista y transformar el mundo. Porque las revoluciones raramente tienen patrocinadores ni disponen de departamento de marketing.

Si te ha gustado esta entrada puede que también te gusten estas otras:

Comentarios