Comprensión lectora y ultraderecha: Leer es político
¡Hola, hermanas del Círculo!
El pasado 8 de septiembre conocimos los resultados de PISA 2025 y España vuelve a retroceder. Pero hay un dato especialmente interesante: la comprensión lectora ha caído de forma muy importante.
La puntuación media de España en lectura se sitúa ahora en 451 puntos, frente a los 461 de media de la OCDE. Respecto a PISA 2022, España ha perdido 23 puntos. Solo el 68 % del alumnado alcanza al menos el nivel 2 de competencia lectora y únicamente el 2% llega a los niveles más altos.
Eso significa que una parte importante del alumnado tiene dificultades para enfrentarse a las tareas lectoras que exigen mayor complejidad: comprender textos extensos, trabajar con conceptos abstractos o distinguir hechos y opiniones a partir de información que no aparece de forma explícita.
Y en una sociedad inundada de información, esto no es solamente una habilidad académica, sino una cuestión política.
«Un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar»
La frase se atribuye habitualmente a Ernesto "Che" Guevara. Más allá de la dificultad para documentar su literalidad, la idea resume bastante bien lo que quiero plantear aquí: la alfabetización no consiste únicamente en descifrar palabras. También tiene que ver con disponer de herramientas para comprender el mundo en el que vivimos.
Leer no es solamente leer libros
Antes de seguir, conviene aclarar algo porque alrededor de PISA se está construyendo rápidamente un relato muy cómodo: que la juventud ya no lee. Los datos españoles demuestran que eso no es cierto.
El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025 muestra que el 76,9 % de las personas de 14 a 24 años lee libros en su tiempo libre. Es el grupo de edad que más lee. En el conjunto de la población, lo hace el 66,2 %. Y la diferencia entre hombres y mujeres es significativa: leen por ocio el 72,3 % de las mujeres frente al 59,8 % de los hombres.
Así que no: no estamos ante una juventud que haya abandonado los libros. Pero PISA no mide cuánto amas los libros. Mide qué puedes hacer con un texto. Puedes leer novelas todas las semanas y tener dificultades para distinguir una afirmación de la evidencia que la sostiene. Puedes leer muchísimo y compartir un bulo porque confirma lo que ya pensabas. Puedes leer poco y, sin embargo, ser capaz de detectar una manipulación, buscar una segunda fuente y preguntarte quién ha escrito lo que estás leyendo.
Por eso me interesa más hablar de comprensión lectora que de hábitos lectores. La cuestión es qué ocurre cuando nos cuesta cada vez más comprender, relacionar, evaluar y sostener la atención ante aquello que tenemos delante.
No hay una sola causa
Sería demasiado fácil señalar al móvil y dar por explicado el problema. Las pantallas forman parte de la historia, pero no son toda la historia. La propia OCDE observa una relación temporal entre el aumento del uso de dispositivos y redes sociales y determinados retrocesos educativos, pero no presenta una única causa del deterioro.
Hay otros elementos que me parecen demasiado importantes para dejarlos fuera. Está el funcionamiento del propio sistema educativo. En España, las direcciones de los centros participantes en PISA reportan una de las mayores carencias de personal educativo entre los países participantes. Además, investigaciones recientes sobre la profesión docente señalan dificultades relacionadas con la atracción y las condiciones de la profesión. No tiene demasiado sentido pedir al profesorado que haga cada vez más cosas sin preguntarnos en qué condiciones tiene que hacerlas.
Está también la situación socioeconómica. El origen familiar continúa relacionado con el rendimiento académico y, aunque en España la brecha socioeconómica en lectura se ha reducido respecto a otros ciclos, la mejora se explica en buena medida porque ha caído el rendimiento del alumnado más favorecido. El alumnado más desfavorecido también ha empeorado.
Y existe otra dimensión de la que hablamos mucho menos: la cultura que rodea a la infancia y a la adolescencia. El interés por aprender no aparece por generación espontánea. Se construye en la escuela, pero también en la familia, en las bibliotecas, en el barrio, en los medios de comunicación y en la relación cotidiana con la cultura. No todas las personas crecen rodeadas de libros, ni tienen una persona adulta que les recomiende una lectura, o una biblioteca cercana.
Y tampoco quiero convertir esto en una acusación contra las familias. Hay muchas que bastante hacen con llegar a fin de mes, cuidar, trabajar y sostenerlo todo. Precisamente por eso la cultura no puede depender únicamente de lo que cada familia consiga transmitir en casa. Tiene que existir también como derecho colectivo.
Y hay otro dato que desmonta de paso una explicación demasiado cómoda: en España, el 77,2 % del alumnado dice que le gusta aprender cosas nuevas en la escuela y el 78,5 % afirma que le gusta saber cómo funcionan las cosas. No estamos ante una generación incapaz de sentir curiosidad. Estamos ante una generación que está aprendiendo en un contexto que no siempre facilita convertir esa curiosidad en conocimiento profundo.
Leer despacio es pensar
Hay algo muy significativo en los resultados de PISA: Las tareas que más dificultades presentan son precisamente las que exigen evaluar y reflexionar, integrar varias informaciones o enfrentarse a textos complejos. Y la OCDE ha detectado un aumento de los llamados hasty readers: estudiantes que responden deprisa, pero se equivocan.
Tiene bastante sentido: Vivimos rodeadas de estímulos diseñados para la velocidad; para consumir cada vez más y más rápido. Creo que el problema no es únicamente las redes sociales, sino un ecosistema de atención que convierte la velocidad en norma y la concentración prolongada en excepción.
Para comprender un problema complejo necesitas tiempo. Para saber qué significa una noticia necesitas contexto. Para comprobar un dato necesitas otra fuente. Para detectar una mentira necesitas preguntarte quién habla, desde dónde habla y qué pretende conseguir. Y nada de eso combina demasiado bien con cultura actual.
Leer no te hace inmune a la mentira
Tampoco quiero caer en la simplificación contraria: Leer mucho no convierte automáticamente a nadie en inteligente, decente ni inmune a la mentira. Hay personas muy cultas, con estudios universitarios o lectores voraces que sostienen prejuicios, difunden bulos y utilizan todo lo que saben para justificar aquello que ya habían decidido creer. Pero eso no significa que las herramientas de comprensión crítica sean irrelevantes.
Un estudio publicado en 2026, basado en datos PISA de 2022 de 49 países, encontró una asociación positiva y significativa entre rendimiento lector y resistencia de las y los adolescentes a la desinformación. Entre las capacidades estudiadas estaban comprobar la exactitud de una información, comparar fuentes y evitar compartir contenido no verificado. También detectó importantes desigualdades socioeconómicas en esa resistencia. [Hossain y Jabbari, 2026]
Esto permite concluir que las capacidades que necesitamos para comprender críticamente un texto son también algunas de las que necesitamos para enfrentarnos a la desinformación.
¿Qué tiene que ver todo esto con la ultraderecha?
No es razonable fingir que el deterioro de la comprensión lectora, especialmente en chicos, junto con su menor hábito lector, y el ascenso del fascismo en España son fenómenos aislados que viven en universos completamente separados.
La (ultra)derecha contemporánea necesita explicar la realidad de una manera muy rápida. Y, sobre todo, necesita hacerla parecer sencilla.
La crisis de vivienda tiene detrás décadas de políticas urbanísticas, especulación, concentración de la propiedad, escasez de vivienda pública, inversión financiera y salarios insuficientes. Eso es difícil de explicar. Es mucho más sencillo decir que alguien está okupando tu casa.
La precariedad laboral tiene detrás una estructura económica entera. Es mucho más fácil señalar a las personas migrantes.
La pérdida de poder adquisitivo tiene causas complejas. Es mucho más sencillo señalar a quien supuestamente vive mejor gracias a tus impuestos.
Las desigualdades de mujeres y hombres tienen una historia política, económica y cultural que se remonta siglos. Es mucho más fácil decirle a los hombres que el feminismo les ha quitado algo que antes era suyo.
Los problemas complejos requieren explicaciones complejas. Los culpables caben en una frase.
Por eso me interesa la relación entre lectura y (ultraderecha) no como una teoría que explique quién vota a quién, sino como una cuestión de vulnerabilidad ante el fascismo.
Cuanto menos acostumbradas estamos a sostener una argumentación, contrastar una afirmación y buscar la evidencia que hay detrás, más fácil resulta aceptar una explicación que llega ya preparada.
La cuestión del género
No todas las personas estamos reaccionando igual ante este cambio. La brecha política entre hombres y mujeres jóvenes lleva varios años siendo especialmente visible en España. El electorado de la ultraderecha sigue estando masculinizado y el fascismo mantiene una presencia particularmente fuerte entre los grupos jóvenes [Datos electorales 2026].
Y este dato resulta especialmente interesante cuando lo colocamos junto a la lectura. En España, las mujeres leen más que los hombres. No un poco más: 12,5 puntos porcentuales de diferencia. El 72,3 % de las mujeres lee por ocio frente al 59,8 % de los hombres. Y las personas jóvenes son precisamente las que presentan los índices más altos de lectura [Barómetro de lectura 2025]. Además, PISA 2025 muestra que las chicas españolas obtienen mejores resultados que los chicos en compresión lectora y sitúa la diferencia en 26 puntos a favor de ellas.
Es decir, las chicas leen más, los chicos obtienen peores resultados en compresión lectora. Y, al mismo tiempo, encontramos una diferencia política por género que sitúa a los hombres jóvenes en posiciones más próximas a las derechas radicales. Sacad vosotras las conclusiones.
La ignorancia como identidad política
No saber siempre ha sido perfectamente normal; nadie puede saberlo todo. El problema aparece cuando reconocer que no sabes deja de ser el comienzo del aprendizaje y se convierte en una identidad política. Cuando decir «no necesito comprobarlo» se presenta como autenticidad. Cuando desconfiar automáticamente de cualquier experto demuestra que eres libre. O cuando tener una opinión sobre cualquier asunto se considera equivalente a conocerlo.
Pensar críticamente no significa aceptar cualquier opinión. Significa precisamente lo contrario y aceptar que nuestras ideas pueden ser contrastadas. El problema no es equivocarse. El problema es mentir, recibir mentiras y no querer comprobarlo.
En la (ultra)derecha existe una tradición de desprecio hacia la cultura general, la universidad, el conocimiento experto y el pensamiento crítico que no debemos normalizar como una simple preferencia política más. No estoy hablando de cuestionar instituciones, -cuestionarlas forma parte de una democracia-. Estoy hablando de convertir el rechazo al conocimiento en una virtud, de presentar la ignorancia como autenticidad, de sospechar del conocimiento precisamente porque resulta incómodo a unos intereses particulares. Eso no es pensamiento crítico, es antiintelectualismo. Y el antiintelectualismo no tiene nada de rebelde. Es extraordinariamente útil para quien quiere que dejemos de preguntar.
En 1936, el fascismo español convirtió el desprecio a la inteligencia en una declaración política. La frase «¡Muera la inteligencia!», atribuida a Millán Astray durante el enfrentamiento con Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca, se convirtió después en uno de los símbolos más conocidos de ese desprecio por la cultura y el pensamiento. Ha pasado casi un siglo, pero algunas ideas tienen una capacidad sorprendente para reaparecer con ropa nueva.
El conocimiento no puede ser un privilegio
Hace unas semanas hablaba de nuestra fascinación por las bibliotecas centenarias, las universidades antiguas, las tardes enteras estudiando y esa estética que convierte el conocimiento en algo casi mágico. Entonces decía que muchas de esas instituciones fueron construidas precisamente para decidir quién tenía derecho a acceder al conocimiento.
Por eso necesitamos defender bibliotecas públicas, educación pública y accesible a todas las personas, profesorado con recursos y tiempo, centros culturales y artísticos en los barrios y pueblos, libros accesibles (gratuitos y en lectura fácil), educación de adultos y alfabetización mediática. Necesitamos democratizar el acceso al conocimiento: Desarrollar una cultura de la cultura.
Necesitamos volver a leer noticias y preguntarnos de dónde salen, capacidad para detectar cuándo una estadística está siendo utilizada de forma engañosa, personas capaces de distinguir una opinión de una evidencia, de reconocer que un problema complejo probablemente tenga más de una causa.
Creo sinceramente que eso se puede aprender. Ahora, hay que querer hacerlo.
La cultura sirve también para eso, no sólo para entretenernos. La cultura amplía el número de preguntas que somos capaces de hacernos. Y una sociedad en la que todavía hacer preguntas tiene valor, es más difícil de gobernar mediante el miedo, las falsas certezas, los enemigos fáciles y las respuestas simples. Una ciudadanía acostumbrada a preguntar, contrastar y aprender resulta más difícil de conducir únicamente mediante el odio y las mentiras.
Leer para que nadie piense por nosotras
Quizá este sea el punto al que quería llegar desde el principio: Necesitamos una población con más herramientas para comprender. Necesitamos que todo el mundo tenga la posibilidad de encontrar los suyos. Necesitamos que el acceso al conocimiento sea mucho menos dependiente del origen, el dinero y el tiempo disponible.
Necesitamos esa capacidad para revisar nuestras propias certezas porque es precisamente una de las cosas que el pensamiento autoritario detesta. Por eso la defensa de la cultura también es una forma de antifascismo.
PISA nos está diciendo que algunas de las capacidades que necesitamos para comprender el mundo están retrocediendo, y eso debe preocuparnos porque una democracia necesita personas capaces de comprender aquello que se les está diciendo antes de decidir si lo creen.
Por eso quiero una cultura en la que leer importe y en la que saber más nos convierta en personas con más posibilidades de decidir por nosotras mismas.
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